A media mañana, cuando Sofía al fin dormía después de una noche difícil, un golpe fuerte en la entrada del castillo rompió la tranquilidad.
Emma Ríos bajó las escaleras con el corazón acelerado. Desde el incendio, desde los correos de Arturo y desde la aparición de Sofía, cada ruido parecía una alarma.
Alejandro llegó a la puerta antes que ella.
Abrió con cuidado, y ahí estaba.
Una mujer.
Alta. Elegante. Vestida de negro.
Con un aire tan afilado que parecía recortar la luz a su alrededor.
—Buen