Los minutos pasaron, luego una hora y después dos y finalmente tres.
Annelise se vistió con ropa más abrigada que antes y salió al pasillo a echar un vistazo.
Era demasiado tarde, incluso ya eran las diez de la noche y no comprendía qué había ocurrido con Aleksei y aquella llamada con su padre. Lo peor de todo es que no había nadie en quien pudiera confiar para preguntarle qué estaba pasando.
Los hombres armados que yacían montando guardia eran igual de confiables que los pétalos de una rosa en