La noche no se movía.
Eran ellos los que temblaban dentro de ella.
Aleksei la besó como si ya no le quedara paciencia para el mañana. Annelise respondió con la misma urgencia, con la misma necesidad de perder algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
Las manos no pedían permiso: preguntaban y escuchaban.
Cada roce encontraba una respuesta.
Cada suspiro era una confesión.
Él la sostuvo como si temiera que desapareciera si la soltaba. Ella se aferró a él como si su nombre fuera ahora su único