El olor a salitre y metal oxidado se me metía en la garganta, mezclándose con el aroma del tabaco fuerte que fumaban mis hombres mientras esperábamos la señal, el puerto de San Petersburgo, bajo la luz de una luna que parecía de hielo, era un laberinto de contenedores y grúas que se alzaban como esqueletos de gigantes, yo estaba allí, de pie sobre la cubierta de una lancha rápida, sintiendo el peso de la culata de mi fusil contra el hombro, ya no quedaba nada de la Alessandra que temblaba en lo