El frío de la mañana siguiente en San Petersburgo era una presencia sólida, un muro de cristal que cortaba la respiración mientras observaba el resplandor naranja que aún persistía en el horizonte, indicando que el puerto seguía consumiéndose, me encontraba en la oficina improvisada del refugio, con una taza de café negro enfriándose entre mis manos y un mapa de la ciudad desplegado sobre la mesa, mis ojos, cansados pero encendidos por una energía eléctrica que desconocía, recorrían las rutas d