El frío de la mañana siguiente en San Petersburgo era una presencia sólida, un muro de cristal que cortaba la respiración mientras observaba el resplandor naranja que aún persistía en el horizonte, indicando que el puerto seguía consumiéndose, me encontraba en la oficina improvisada del refugio, con una taza de café negro enfriándose entre mis manos y un mapa de la ciudad desplegado sobre la mesa, mis ojos, cansados pero encendidos por una energía eléctrica que desconocía, recorrían las rutas de escape de Viktor, ese hombre que se creía el heredero de un imperio que yo estaba desmantelando ladrillo a ladrillo, Nikolai entró en la habitación con pasos lentos, el brazo en cabestrillo y una expresión que navegaba entre el asombro y la repulsión, me miró fijamente, deteniéndose en la mancha de sangre seca que aún adornaba el puño de mi camisa, y supe que el hombre que amaba estaba aterrado de la mujer en la que me había convertido.
—Has enviado un mensaje que no se puede borrar Alessandr