La nieve de San Petersburgo se sentía como ceniza sobre mi piel, un recordatorio constante de que todo lo que habíamos quemado para llegar aquí todavía flotaba en el aire, Nikolai y yo caminábamos por el andén de la estación central, ocultos bajo abrigos pesados y el anonimato que solo los que no tienen nada pueden permitirse, creíamos que al borrar la Operación Ícaro habíamos ganado, que el sacrificio de Paolo en aquel sótano y la huida de la base de la isla Vasilievsky eran el punto final, pe