La nieve de San Petersburgo se sentía como ceniza sobre mi piel, un recordatorio constante de que todo lo que habíamos quemado para llegar aquí todavía flotaba en el aire, Nikolai y yo caminábamos por el andén de la estación central, ocultos bajo abrigos pesados y el anonimato que solo los que no tienen nada pueden permitirse, creíamos que al borrar la Operación Ícaro habíamos ganado, que el sacrificio de Paolo en aquel sótano y la huida de la base de la isla Vasilievsky eran el punto final, pero el destino tiene una forma retorcida de recordarte que las deudas de sangre no se cancelan con archivos borrados, Nikolai se detuvo en seco, su teléfono, aquel que solo servía para emergencias extremas, vibró en su bolsillo con una insistencia que me erizó los vellos de la nuca, al mirar su rostro, vi cómo el poco color que le quedaba se drenaba, dejándolo como una estatua de mármol fracturada en mitad de la multitud.
—Es un video Alessandra —murmuró, su voz era un hilo quebrado, algo que nu