El eco de los disparos en la fundición aún retumbaba en mi cabeza, pero el silencio que habitaba ahora en nuestra nueva casa de seguridad, un búnker camuflado bajo una antigua fábrica textil en las afueras de San Petersburgo, era mucho más aterrador, Nikolai no era el mismo hombre que me rescató en la catedral, ni el guerrero que me protegió en las montañas, estaba sentado en un rincón de la habitación principal, envuelto en una penumbra que las pocas bombillas apenas lograban romper, con la mirada perdida en una botella de vodka vacía y el brazo herido colgando como un recordatorio de su fracaso, la captura de Katya y la traición total de su mundo lo habían quebrado de una forma que ninguna tortura física logró jamás, verlo así, despojado de esa aura de invencibilidad que lo hacía el Demonio de Siberia, me produjo una náusea que no era de miedo, sino de una rabia gélida que empezaba a hervir en mis venas.
—Nikolai, los generales han tomado el puerto, Viktor está reagrupando a lo que