El eco de los disparos en la fundición aún retumbaba en mi cabeza, pero el silencio que habitaba ahora en nuestra nueva casa de seguridad, un búnker camuflado bajo una antigua fábrica textil en las afueras de San Petersburgo, era mucho más aterrador, Nikolai no era el mismo hombre que me rescató en la catedral, ni el guerrero que me protegió en las montañas, estaba sentado en un rincón de la habitación principal, envuelto en una penumbra que las pocas bombillas apenas lograban romper, con la mi