El frío de San Petersburgo ya no me quemaba la piel, lo sentía más bien como una anestesia que mantenía mis manos firmes mientras remaba en aquel bote robado hacia la silueta oscura de la isla Vasilievsky, el agua del río Neva golpeaba el casco con un sonido metálico, rítmico, casi como el latido de un corazón que se niega a detenerse, detrás de mí, la ciudad de los zares brillaba con una luz distante y ajena, pero frente a mí, la fortaleza de hormigón donde tenían a Nikolai se alzaba como un monumento a todas las mentiras que me habían contado desde que nací, no llevaba conmigo el apellido Bianchi, ni el orgullo de Palermo, solo llevaba el peso de la traición de Paolo y el arma que Nikolai me enseñó a usar para defender lo único que era real: nosotros.
Me deslicé por la orilla helada, evitando los focos que barrían la superficie del agua con la precisión de un ojo clínico, la base era un laberinto de almacenes industriales reconvertidos en oficinas de inteligencia, un lugar donde el