El frío de San Petersburgo ya no me quemaba la piel, lo sentía más bien como una anestesia que mantenía mis manos firmes mientras remaba en aquel bote robado hacia la silueta oscura de la isla Vasilievsky, el agua del río Neva golpeaba el casco con un sonido metálico, rítmico, casi como el latido de un corazón que se niega a detenerse, detrás de mí, la ciudad de los zares brillaba con una luz distante y ajena, pero frente a mí, la fortaleza de hormigón donde tenían a Nikolai se alzaba como un m