El frío del suelo de piedra de la catedral se me filtraba por las rodillas, recordándome con cada punzada gélida que la ingenuidad era un pecado mortal en el mundo de los Petrov y los Bianchi, el dolor en la nuca me provocaba oleadas de náuseas, pero entre la niebla del golpe, una voz ronca y familiar resonaba en mi mente, era la voz de Nikolai, la misma que me había susurrado órdenes entre disparos en la galería y promesas entre sábanas —Alessandra, si te quedas quieta, mueres, si te mueves co