El frío del suelo de piedra de la catedral se me filtraba por las rodillas, recordándome con cada punzada gélida que la ingenuidad era un pecado mortal en el mundo de los Petrov y los Bianchi, el dolor en la nuca me provocaba oleadas de náuseas, pero entre la niebla del golpe, una voz ronca y familiar resonaba en mi mente, era la voz de Nikolai, la misma que me había susurrado órdenes entre disparos en la galería y promesas entre sábanas —Alessandra, si te quedas quieta, mueres, si te mueves con miedo, mueres, la única forma de sobrevivir es convertir el pánico en una flecha de precisión— me repetía mentalmente, mientras sentía el aliento de Lorenzo cerca de mi oído, un aliento que olía a éxito prematuro y a la misma locura que debió poseerlo cuando decidió que mi madre era un gasto prescindible.
Lorenzo me soltó el cabello con un gesto de desprecio, dándome la espalda para dar instrucciones a sus hombres, esos mercenarios que vigilaban las entradas con la rigidez de quienes saben qu