El silencio no es la ausencia de sonido; es la presencia de un vacío que antes estaba lleno. Para mí, ese silencio era ensordecedor.
Me encontraba sentada en una silla de mimbre en el solárium de la mansión, una habitación que siempre había evitado por ser demasiado transparente. Los techos y las paredes eran de cristal reforzado, rodeados por la inmensidad del bosque de las Adirondacks que ahora, a principios de enero, estaba sepultado bajo una capa de nieve tan blanca que hería la vista. Lle