CAPITULO 23

El silencio no es la ausencia de sonido; es la presencia de un vacío que antes estaba lleno. Para mí, ese silencio era ensordecedor.

​Me encontraba sentada en una silla de mimbre en el solárium de la mansión, una habitación que siempre había evitado por ser demasiado transparente. Los techos y las paredes eran de cristal reforzado, rodeados por la inmensidad del bosque de las Adirondacks que ahora, a principios de enero, estaba sepultado bajo una capa de nieve tan blanca que hería la vista. Llevaba puesto un camisón de seda color perla y una bata de lana gruesa, de un tono gris suave, que Alexander me había comprado para mi recuperación. Mis manos, despojadas de los sensores y cables, descansaban sobre una manta de cachemira que cubría mis piernas.

​Ya no sentía el zumbido, ya no sentía la red, era como si me hubieran arrancado un sentido que no sabía que tenía hasta que lo perdí. Miraba mis palmas, las cicatrices de Svalbard y los cortes de Ginebra ya eran finas líneas rosadas, pero
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