El vestíbulo de la sede de Ginebra se sentía como el interior de una catedral en ruinas, La lluvia que caía a través de la cúpula destrozada golpeaba el mármol con un ritmo monótono, mezclándose con el siseo de los cables eléctricos que colgaban del techo como lianas agonizantes. El olor a ozono era tan fuerte que me quemaba la garganta, una señal de que la realidad misma se estaba debilitando en este punto de convergencia.
Julian estaba frente a mí, a menos de diez metros, Se veía impecable, una parodia de la perfección Blackwood. Su traje azul noche no tenía ni una mota de polvo, a pesar de que el edificio a su alrededor se caía a pedazos, pero lo que me helaba la sangre era el resplandor de sus manos. No era el blanco puro y cálido de mi conexión; era un tono gélido, casi azulado, una luz que parecía devorar el aire a su alrededor en lugar de iluminarlo.
—Te ves cansada, Elena —dijo Julian, su voz resonando con una distorsión metálica que me recordaba a las grabaciones de los Pri