El vestíbulo de la sede de Ginebra se sentía como el interior de una catedral en ruinas, La lluvia que caía a través de la cúpula destrozada golpeaba el mármol con un ritmo monótono, mezclándose con el siseo de los cables eléctricos que colgaban del techo como lianas agonizantes. El olor a ozono era tan fuerte que me quemaba la garganta, una señal de que la realidad misma se estaba debilitando en este punto de convergencia.
Julian estaba frente a mí, a menos de diez metros, Se veía impecable,