Capítulo 3
Estaba sentada sola frente al consultorio de obstetricia cuando recibí la llamada de Lorena.

—Mandé a tasar el dúplex. Al ser un penthouse con terraza, puedes pedir unos once millones de dólares.

—Está bien.

Lorena guardó silencio durante dos segundos.

—¿De verdad abortaste?

—No.

—¿Él lo sabe?

—No.

Escuché el chasquido de un encendedor al otro lado de la línea. Lorena respiró hondo.

—Tienes mucho valor.

No respondí.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Ocultárselo para siempre?

—Hasta conseguir todo lo que me corresponde.

—¿Y después?

—Me iré con mi hija. Dejaré esta ciudad.

Lorena soltó una risa sin alegría.

—Está bien. Yo me ocuparé de la propiedad. Tú ten cuidado y no permitas que descubra nada.

Después de colgar, me quedé mirando la pantalla del celular, con la mente en otra parte.

Lorena era la mujer más lúcida de nuestro círculo. La primera vez que la vi llevaba un vestido prestado y unos tacones con el cuero desgastado. Caminaba por una recepción con una copa de champaña en la mano, brindando con todo el mundo.

Todos la consideraban el hazmerreír. A sus espaldas, las esposas la llamaban "una cualquiera". Los herederos de aquellas familias fingían respetarla cuando estaban frente a ella y la llamaban "trepadora" en cuanto se daba la vuelta.

Ella los había oído y siempre lo dejaba pasar con una sonrisa.

En aquel entonces, acababa de entrar en ese ambiente y era terriblemente ingenua. Una vez no pude evitar preguntarle:

—¿No te cansa vivir así?

Se miraba en el espejo mientras se pintaba los labios. No se volvió.

—¿Crees que esto es lo que quiero? Cuando tenía dieciséis años, mi madre sufrió una insuficiencia renal. Mi padre huyó y yo tenía tres empleos, pero lo que ganaba no alcanzaba ni para cubrir una mínima parte de la diálisis. Un hombre me ofreció cuatrocientos dólares por acompañarlo a cenar y acepté. Después, cuatrocientos se convirtieron en mil; mil, en diez mil; y diez mil, en un departamento.

Dejó el labial y se volvió hacia mí. Lo contaba con una serenidad que contrastaba con la dureza de sus palabras.

En ese momento, sus palabras me parecieron ajenas. Pensaba que yo era diferente porque me había casado con Manuel. Creía que el matrimonio y la ley me protegían.

Más tarde comprendí que esa supuesta protección legal no era más que un papel que podía romperse en cualquier momento. Mi hija ni siquiera había nacido cuando él llevó a casa al hijo de otra mujer.

Fue entonces cuando las palabras de Lorena cobraron sentido: el mundo no te trata bien solo porque respetes sus reglas.

El control prenatal terminó sin problemas. Cuando regresé a casa, la empleada me detuvo en la entrada con expresión incómoda.

—Señora, el señor Montenegro me pidió que le avisara que esta noche vendrán invitados a cenar. Hay que preparar comida para diez personas.

—¿Quiénes vienen?

La mujer vaciló antes de responder en voz baja:

—La señorita Salcedo.

Casi se me cayeron las llaves del auto.

—¿Viene sola?

—Parece que traerá a varios amigos.

Asentí y fui a la cocina para ayudar con los preparativos.

Renata llegó a las siete de la noche. Estaba más delgada que tres años atrás. Llevaba un vestido de cachemira color marfil, el cabello suelto y nada de maquillaje. Precisamente aquella sencillez la hacía deslumbrante.

Manuel fue en persona a recibirla. Yo estaba en la entrada del comedor, sosteniendo una bandeja de fruta que acababa de preparar.

Cuando Renata me vio, se sorprendió por un instante y luego sonrió.

—Así que tú eres la esposa de Manuel.

Manuel cambió de expresión de manera casi imperceptible, pero no dijo nada.

Durante la cena, Renata se sentó entre Manuel y Nico. Parecían una familia de tres.

Yo ocupé el otro extremo de la larga mesa y apenas toqué la comida. Una amiga de Renata me preguntó:

—Estrella, ¿por qué no comes?

—Me duele un poco el estómago.

Manuel ni siquiera levantó la cabeza.

Después de cenar, Renata se agachó para abrazar a Nico y besarlo en la frente. El niño le rodeó el cuello con los brazos y la llamó mamá.

Me volví, entré en la cocina y dejé correr el agua. El ruido ahogó todos los demás sonidos, incluido el sollozo que se me escapó mientras me mordía el dorso de la mano.

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