Manuel no me hizo caso. Volvió al día siguiente.
Esta vez no apareció en la universidad, sino frente a mi edificio. Llevaba dos bolsas grandes y esperaba junto a la entrada.
Lo observé desde la ventana durante un minuto, pero no bajé. Permaneció allí tres horas. Al final dejó las bolsas con el conserje y se marchó.
Cuando fui a recogerlas, el hombre me preguntó:
—¿Era tu esposo? Se veía todo un caballero. Esperó muchísimo tiempo.
No le expliqué nada. Subí con las bolsas.
Contenían un suplemento