Después de aquella cena con Renata, la situación empeoró con rapidez.
Manuel salía del trabajo dos horas antes todos los días, pero no para pasar tiempo conmigo. Primero recogía a Renata y después volvía a casa por Nico; luego los tres salían a pasear.
En redes sociales empezaron a aparecer fotos de los tres: en un parque de diversiones, en un acuario y en restaurantes familiares. En todas ellas, Manuel sonreía con una calidez relajada que yo nunca había conocido.
Al quinto día regresó con un documento y lo dejó caer sobre la mesa de centro.
—Revísalo y fírmalo.
Lo abrí.
Era un acuerdo de divorcio.
La página sobre la división de bienes era muy clara: el dúplex quedaría a mi nombre y, además, recibiría cuatro millones de dólares en un solo pago.
Todo era claro y directo, como el cierre de un negocio.
Revisé todas las páginas. No había una sola cláusula sobre nuestra hija. Por supuesto, para él aquella niña ya no existía.
Tomé el bolígrafo y firmé con mi nombre completo: Estrella Cruz.
Manuel estaba frente a la ventana, de espaldas a mí y con los hombros rígidos. No se volvió para mirarme, pero sentí que esperaba algo: que llorara, que hiciera una escena, que le exigiera una explicación.
Dejé el acuerdo firmado sobre la mesa y me puse de pie.
—¿Cuándo quieres que me mude?
Se volvió con el ceño ligeramente fruncido, como si mi reacción lo hubiera desconcertado.
—No hay prisa.
Asentí y me dirigí a mi habitación. Apenas había avanzado dos pasos cuando me llamó.
—Estrella.
Guardó silencio unos segundos y preguntó con voz ronca:
—¿Cómo… te has sentido? ¿Ya te recuperaste?
Bajé los ojos.
—Estoy bien.
—Me alegra.
En su voz había un tenue alivio.
Cerré la puerta de mi habitación, apoyé la espalda en ella y puse una mano sobre mi vientre.
Con la ropa holgada y la manta en la que solía envolverme, él no había notado nada. Tampoco se le habría ocurrido mirarme con atención.
Unos días después llegamos por separado para completar los trámites del divorcio. Durante el proceso, la pantalla del celular de Manuel se encendió tres veces. Los tres mensajes eran de Renata. Él respondió de inmediato con una expresión dulce.
Al salir del edificio, me llamó.
—El auto está en la entrada lateral. Te llevo a casa.
Negué con la cabeza.
—No es necesario.
—Estrella…
Lo interrumpí, procurando mantener la voz firme.
—Ya estamos divorciados.
Se quedó inmóvil por un instante. Parecía que solo entonces comprendía que era real.
Me marché. Cuando llegué a la esquina, miré hacia atrás. Manuel seguía frente al edificio, sin moverse.
No sabía qué pensaba y ya no quería saberlo.
En lugar de volver a casa, fui directamente al hospital. Aquel día me correspondía la ecografía morfológica y no podía posponerla más.
En el consultorio, la doctora deslizó el transductor sobre mi vientre. En la pantalla apareció una figura diminuta, acurrucada.
—Está muy sana.
Me quedé mirando la pantalla y las lágrimas comenzaron a caer sin previo aviso.
Al salir del hospital, llamé a Lorena.
—Pon en venta el dúplex.
—¿Ya lo decidiste?
—Sí. Necesito cerrar la operación cuanto antes. Voy a irme de esta ciudad.
—¿Adónde?
Lo pensé un momento.
—A Santa Aurelia.
Lorena guardó silencio.
—¿Por qué?
—Me admitieron en una maestría de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Santa Aurelia. La carta de admisión llegó la semana pasada.
Llevaba dos años preparándome y nadie lo sabía. Todos creían que yo era la esposa de Manuel, no trabajaba, no socializaba y permanecía quieta como un adorno.
A nadie le interesaba saber si un adorno leía libros.
Esta vez, la risa de Lorena fue sincera.
—Maldita sea, Estrella. Eres la mujer con más aguante que he conocido.
Encendí el auto y conduje hacia la casa que pronto dejaría de pertenecerme. Tenía que recoger el resto de mi equipaje.
Me iría a un lugar donde no estuviera Manuel.
Al llegar vi un Mercedes-Maybach negro en el estacionamiento. Era el auto de Manuel.
Abrí la puerta con el bolso en la mano. La luz de la entrada estaba encendida y Manuel se encontraba sentado en el sofá.
Sobre la mesa de centro había extendido una fila de documentos. Cuando los vi, sentí que se me helaba la sangre.
La empleada había encontrado por accidente el compartimento secreto del armario mientras vaciaba mi habitación, antes de que yo pudiera recoger lo que quedaba, y había avisado a Manuel. Sobre la mesa estaban la carta de admisión y las ecografías de las semanas ocho, doce y dieciséis. No faltaba nada.
Manuel levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro tenso de furia.
Cuando habló, su voz era tan ronca que apenas pude oírlo.
—Dime qué significa todo esto.