Al cuarto día de hospitalización, Lorena vino a visitarme.
Cuando abrió la puerta de la habitación, vio a Manuel agachado frente a mí, atándome los zapatos, y se detuvo un instante.
Él levantó la mirada, terminó de hacer el nudo y se puso de pie.
—Lorena —la saludó con un gesto de cabeza.
Ella lo ignoró y se sentó junto a mi cama.
—Tienes mejor aspecto de lo que esperaba.
Después miró a Manuel.
—Sal un momento. Necesito hablar con ella.
Él me miró. Como no dije nada, se dio la vuelta y salió.
En