Mundo ficciónIniciar sesiónUn trágico incendio consume el hotel de Jean Luca Di Martino. El millonario más cotizado de Italia. Él queda atrapado entre las llamas y una empleada latina llamada Julia, a quien siempre ha ignorado lo salva. Ese acto de valentía le salió caro a la chica, una viga se desprendió del techo, ella cubrió a su jefe con su cuerpo. El golpe la dejó con una profunda niebla cognitiva, con poca retención de la memoria y torpe ante los ojos de los demás. Atrapada en un país extraño, ella queda a merced del hombre que rescató. Devorado por la ambición y una oscura obsesión, Jean Luca toma una decisión fría: la lleva a su mansión y la obliga a firmar un matrimonio de apariencias. Ante la sociedad, ella es su esposa; en privado, Jean Luca es un ingrato frío que la desprecia de día, pero la vigila de noche de forma enfermiza. Durante años, la mente dañada de Julia se desvive por atenderlo con una devoción ciega, soportando humillaciones en silencio mientras él le confiesa sus secretos más oscuros, creyendo que ella no puede procesarlos. Pero el juego del casanova se acabó. Tras un inesperado milagro, el cerebro de ella sana. La venda se cae: recuerda cada desprecio, cada olor a otra mujer y la farsa de su matrimonio. Fingiendo seguir siendo tonta, planea la fuga perfecta. Una noche, su esposo encuentra la cama vacía y una nota: "Se terminó el contrato, Italiano". Ahora, el magnate está dispuesto a buscarla en el fin del mundo, si es necesario, terminando de rodillas ante su esposa.
Leer más—Julia, limpia la habitación otra vez. —ordenó Jean Luca con expresión autoritaria, clavando su mirada arrogante sobre ella.
Julia frunció el ceño. Sus manos temblaban; ya había limpiado la suite presidencial tres veces en menos de dos horas.
—Señor, ¿Por qué lo hace? —preguntó con calma, aunque por dentro se sentía angustiada.
—Porque pago tu sueldo.
Esas palabras le dolieron mucho, suspiró profundo para no perder los estribos.
Ella no pudo evitar que un par de lágrimas se le salieran en forma espontánea.
—¿Es por el préstamo que me hizo? —preguntó con voz temblorosa, sin ocultar los nervios que le producían su cercanía.
—No, para mí ese dinero es como sacarle un pelo a un gato. Solo quiero que te dediques a atenderme bien.
En el rostro de Jean Luca se veía el interés que tenía por la chica, era una necesidad tenerla cerca.
Con cualquier excusa la retenía en las cuatro paredes de la suite presidencial.
Ella apretó los ojos y suspiró profundo. Hasta se había hecho la ilusión de que su jefe la viera de otra forma.
“Soy una tonta, dejaré de ver tantas telenovelas, un hombre así, jamás se fijaría en alguien como yo.“
—¿Qué haces allí parada? ¡Trabaja!
Ella tomó el plumero y siguió sacudiendo el polvo inexistente.
El cuerpo de Jean ardía. Mientras la veía ir y venir con ese uniforme ajustado. Fantaseaba con ella.
“¿Qué me pasa con esta mujer? No puedo negar que es hermosa.“
—Señor, todo está reluciente.
—Lárgate, que nadie me moleste, voy a dormir la siesta.
Ella dio un suspiro de alivio y salió de la habitación.
Sintió libertad al librarse del peso de esa mirada que le hacía erizar la piel.
Muchas veces lo había pillado mirándole las nalgas.
Julia se hacía la indiferencia, como inmigrante llegada de Venezuela no podía darse el lujo de quedarse sin empleo.
Antes con el sueldo de ella y el de su hermano Daniel les iba de maravilla, pero la vida es cruel y Daniel está enfermo de insuficiencia renal.
Tan grave era la situación que requería de diálisis constantes.
Ella solo deseaba salir de esa deuda con Jean Luca Di Martino y no verle más la cara a su odioso jefe.
El ambiente de trabajo se tornaba pesado y Jean Luca al saber que era virgen se había obsesionado con ella.
Por orden suya, la única persona que atendía al engreído dueño del hotel era Julia.
Menuda tarea, aguantar regaños del jefe.
Desde que Jean Luca conoció a Julia, algo en él se encendió.
Era una gracia natural la que tenía Julia, un tumbao al caminar que ninguna de esas mujeres que habían pasado por su cama tenían.
El hecho de que ella no sucumbiera a sus encantos y lo tratara con distancia hizo que se encaprichó aún más.
Jean Luca siempre reaccionaba con una crueldad fría, meticulosa y constante.
Todos los días, al dar las dos de la tarde, él iniciaba su particular guerra psicológica.
Si ella cambiaba las sábanas de la cama, él se sentaba a mirarla con los brazos cruzados, dictando órdenes.
—Están arrugadas en la esquina izquierda, Parece mentira que cobres el sueldo que te pago y no sepas hacer la cama. Muévete, no tengo todo el día.
Si ella pulía los cristales del balcón, él pasaba el dedo índice por la superficie y al encontrar la más mínima e invisible mota de polvo, la miraba de arriba abajo con desprecio.
—Incompetente. Vuelve a pasarlo. Y hazlo bien.
Cualquier otra mujer habría roto a llorar, habría arrojado la bayeta al suelo o habría gritado ante semejantes humillaciones directas a su dignidad.
Julia no lo hizo. Ella lo miraba con serenidad, sostenía la respiración un segundo y, en lugar de devolverle el insulto, le sonreía.
No era una sonrisa burlona ni desafiante; era una sonrisa mansa, cargada de una madurez profunda y una gratitud genuina que él no lograba comprender.
Muy en el fondo Julia sabía perfectamente lo que se escondía detrás de la máscara de piedra de ese hombre.
Sabía que ese ogro que la trataba como a una basura ahora, era el mismo que le había salvado la vida a su hermano Daniel.
Julia había descubierto que el monstruo tenía un corazón.
Sinvergüenza y mujeriego, pero sensible a sus necesidades.
Una chica de larga cabellera negra, con una diminuta falda se dirigía a la habitación de Jean.
—Señorita, el señor Jean Luca no la puede recibir.
—¿Quién eres? ¿Acaso no sabes quien soy?
Ella negó con la cabeza, esa mujer parecía diferente a las otras.
—¡Lo siento! Pero son órdenes de mi jefe.
—Mira bambina, yo también soy tu jefa, Nicole Di Martino, ¡Quítate del medio!
Julia se aguantó de la pared para no caer con el empujón que esa mujer le dio.
En la habitación Jean Luca la recibió con un beso en los labios.
—¿Alguien te vio subir?
—Solo esa tonta de la limpieza.
—Su nombre es Julia y es muy atractiva….
Ella le dio una cachetada juguetona y él la besó con pasión.
Con furia loca las ropas cayeron al piso y el deseo se apoderó de ellos.
Ya calmada las ansias carnales, ella retozaba en su pecho.
—¿Cuándo le dirás al abuelo de lo nuestro?
—Todavía no me atrevo, aunque no tengas mi sangre. Eres como mi hermana.
Ella se levantó tomó su bolso y sacó un cigarrillo, lo encendió y le dio una fumada.
—Me voy a bañar, apaga ese cigarrillo, no me gusta que fumes aquí.
Ella aplastó la colilla contra la alfombra, se vistió y salió sin darse cuenta de su imprudencia.
El temblor sacudía el cuerpo del guardia de seguridad. El custodio, un hombre robusto que solía jactarse de su frialdad, sudaba frío, incapaz de sostenerle la mirada a su patrón.—Revisa las últimas grabaciones de la planta alta. —No me hagas repetirlo.Con los dedos trémulos el vigilante arrastró el cursor en la pantalla táctil. En menos de cinco segundos, los datos arrojaron la verdad sin contemplaciones: La cámara del pasillo reproducida en alta definición mostró de inmediato la silueta inconfundible de Nicole, entrando en el dormitorio de huéspedes con un estuche en la mano.Imposible que el guardia de seguridad no hubiera visto las cámaras.—Señor Di Martino... yo... —balbuceó el vigilante, perdiendo el aire al sentir la imponente e intimidante presencia física de Jean Luca cerca de él—. Yo no quería... La señorita Nicole me acorraló... me pagó un fajo de billetes para que le entregara la llave de repuesto ... Se lo juro por mi vida…—Cállate. Tu lealtad a este apellido tenía un
Julia se encontraba de pie junto a la mesa de centro, sosteniendo una taza de té con ambas manos. Llevaba puesto un vestido sencillo de algodón azul claro que el ama de llaves le había entregado temprano. Había pasado la noche en vela, repasando cada palabra que Jean Luca le había dicho en el jardín, tratando de descifrar sus intenciones.El silencio se rompió de golpe cuando Nicole irrumpió en el salón, con los ojos enrojecidos por una fingida desesperación y los cabellos revueltos.Detrás de ella, con el rostro serio y la mandíbula tensa, avanzaba Jean Luca, con expresión de: ¿Qué pasa aquí?—¡Ella es una ladrona! ¡Te lo dije, te advertí que meter a extraños en esta casa traería problemas. ¡Mi gargantilla de diamantes, ha desaparecido de mi tocador! Jean Luca se detuvo a mirar a Julia. No había acusación inmediata en su mirada, pero sí una pesada sombra de duda que la joven sintiera miedo.—Modera tus gritos, Nicole. Las llaves maestras de la planta alta están bajo estricto contr
—¿No necesitas que te proteja? ¡Vaya audacia la tuya! Cualquier mujer en tu lugar sería feliz.Jean Luca pronunció las palabras con una lentitud que helaba la sangre, mientras su mirada se desviaba un segundo rumbo a la escalera señorial por la que Nicole acababa de huir. El hombre intentaba fingir que mantenía el control absoluto de la situación, como hacía siempre en sus negocios. Los ojos de Jean Luca, se posaron de nuevo en Julia, escudriñando cada facción de su rostro pálido con insistencia.Las frías palabras de la joven, lejos de apartarlo o intimidarlo, solo consiguieron reavivar la llama de la obsesión que el millonario ya no tenía la más mínima intención de disimular ante el personal de servicio que aún retiraba la vajilla de plata.—Me gusta cuando intentas marcar una distancia que ambos sabemos que no existe, Julia. Puedes repetir tu discurso de independencia mil veces si eso te hace sentir segura, pero ten muy claro que me perteneces quieras o no.Julia le sostuvo la mi
En el gran comedor de la mansión Di Martino. Los sirvientes, vestidos con uniformes oscuros de una formalidad impecable, se movían listos para servir la cena. En la cabecera secundaria, Nicole ya se encontraba sentada. Su rostro, rígidamente compuesto mediante capas de maquillaje, pretendía proyectar serenidad, pero la postura tensa de sus manos sobre la servilleta delataba el volcán que rugía en su interior. Su mirada de águila, afilada y cargada de resentimiento, vigilaba cada movimiento del personal de servicio.Tras la devastadora humillación psicológica que había sufrido apenas una hora antes en mitad del rosal, Nicole necesitaba con urgencia reafirmar el orden jerárquico de la casa. Necesitaba recordarse a sí misma, que ella seguía siendo la reina indiscutible de esa mansión, la única mujer con el linaje y el derecho para ocupar el lugar de futura esposa al lado de Jean Luca.A Nicole no le importaba en absoluto que por la cabeza del magnate no pasara la remota idea de pedirl





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