6- Movido por la culpa

—¡Llamen al doctor! ¡Ahora mismo!

El grito de Jean Luca rompió el silencio del pasillo de terapia intensiva. 

Unos pasos apresurados se acercaba. La enfermera jefe entró atropelladamente, con el rostro desencajado por el pánico, seguida por dos médicos.

—¿Señor Di Martino? ¿Qué ocurre? ¿Sufrió un paro? —preguntó el primer médico.

—Ella se movió. Movió la mano. Reaccionó a mi voz. Y derramó una lágrima. 

Los médicos se miraron entre sí, un cruce de miradas cargado de escepticismo. 

 Para ellos, Jean Luca no era más que un hombre rico enloquecido por la culpa, atrapado en la fase de negación.

—Señor Di Martino, con todo respeto, los espasmos musculares involuntarios son comunes. 

—Ella me apretó la mano, me escuchó. Hagan su maldito trabajo.

En ese momento, las puertas se abrieron y el doctor especialista entró a la habitación. 

Evaluó la situación en un segundo.

—Señor, le ruego que nos permita trabajar. Espere en el pasillo.

Él los puños, miró por última vez el rostro sereno de la joven en la cama.

—Espero un mejor diagnóstico. O los voy a reemplazar por médicos más competentes.

Salió con el ceño fruncido de esa habitación, Iba de un lado a otro, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón.

De pronto, el teléfono personal de su bolsillo vibró. El identificador mostraba una llamada internacional.

Contestó de inmediato. Era el detective privado había contratado.

—Dígame, detective. 

—Señor Jean, tengo el informe sobre la familia de la joven. Localicé a los tíos maternos y a los primos directos.

—¿Y bien? ¿Qué dijeron cuando les informó sobre la situación médica de los hermanos Garcia?

 Espera oír sobre el natural arrebato de angustia familiar. Al otro lado de la línea, se escuchó un suspiro.

—Nada bueno, señor. En cuanto mencioné los nombres de la chica y su hermano, El tío, dijo que esos muchachos ya no tenían nada que ver con ellos. 

A Jean se le endurecieron las facciones. 

—¿No les dijiste quién los buscaba? ¿No les hablaste de la compensación económica? 

—No me dieron tiempo, señor. No pude ni mencionar que había una recompensa millonaria de por medio.

Para esa gente, los muchachos estaban muertos desde hace años.

Jean apretó el teléfono con fuerza, la rabia le cubrió el rostro de rojo. 

 La mezquindad humana nunca dejaba de sorprenderlo, incluso a él, que había escalado a la cima del mundo corporativo pisoteando rivales. 

Pero esto era diferente. Dejar morir a tu propia sangre por no cargar con los costos de una enfermedad era una vileza que superaba sus límites.

—Ni modo. Ellos se lo pierden. Yo me encargo en adelante. Cancela la operación en Venezuela y regresa. Tu trabajo ahí terminó.

Cuando colgó la llamada no experimentaba lástima, sino una determinación feroz, implacable. 

Sin perder un segundo, buscó en su agenda un número marcado con máxima prioridad.

 Era el contacto directo del director de la Fundación Médica Di Martino, la organización benéfica a la aportaba dinero para causas nobles.

—¿Señor Dí Martino? Buenas tardes —respondió una voz masculina al segundo tono.

—Déjate de saludos, Belluci. ¿Cómo va la búsqueda del riñón para el hermano de Julia? 

Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea, seguido por el tecleo rápido de una computadora.

—Señor, no hemos conseguido un donante compatible que esté disponible de inmediato.

Él sintió una punzada de frustración que lo hizo golpear la pared del pasillo con el puño.

—¿Me estás diciendo que con todo el dinero que manejo no podemos comprar un maldito órgano? 

—Lo estamos intentando, señor. Pero el dinero no es el problema. 

Jean Lucas recordó lo que le había dicho el médico de Daniel.

“ Lo mantenemos con diálisis. El muchacho está estable, pero la diálisis es una solución temporal. No resistirá mucho. 

Jean se frotó la frente mientras hablaba con el encargado de su fundación. 

—Sigue buscando. No me importan los métodos ni el costo. Si el hermano de Julia empeora, tú serás el primero en la calle. ¿Entendido?

—Entendido, señor. Haremos todo lo humanamente posible.

Guardó el teléfono justo cuando la puerta de la habitación de cuidados intensivos se abría.

El doctor a cargo de Julia salió primero, con una expresión indescifrable en su rostro.

 Detrás de él, los otros médicos consultaban los gráficos de la actividad cerebral recién impresos.

 se acercó a ellos exigiendo la verdad absoluta.

—¿Y bien? No me digan que fue un espasmo. Vi la lágrima. Sentí sus dedos.

El doctor suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada ya no era de lástima.

—Señor ... La paciente tiene reflejos y actividad cerebral. 

Jean mostró una sonrisa y relajó los hombros.

—Se lo dije. Ella está luchando.

—No celebremos antes de tiempo. Sigue en un coma profundo. 

Jean dio un paso al frente, acortando la distancia con el médico. 

—Ustedes hagan su trabajo, por el dinero no hay problema. 

Jean se dio la vuelta, mirando a través del cristal de la habitación. 

La joven seguía allí, inmóvil, solo se oía el sonido de las máquinas.  Entró a la habitación, acarició el rostro de la chica, a pesar de su palidez se veía hermosa. 

La conciencia le remordía, había sido muy frío con ella. Salió de la habitación y se sentó en una silla del pasillo. 

Sintió unas manos cálidas en su hombro, al abrir los ojos se sorprendió:

—Nicole, por tu manía de fumar casi muero.

—Yo no lo hice adrede, solo fue un pequeño descuido.

—Sí, un descuido que casi le cuesta la vida a la empleada de limpieza.

Ella puso los ojos en blanco. 

—Es solo una sirvienta, no es para tanto.

—Ese es tu problema; no te importa nada, ¿Sabes? Es mejor que tú y yo terminemos.

Esa última frase la dijo con rabia y ella lo miraba con ojos lagrimosos.

—¿Me vas a dejar después de todo lo que hemos vivido? ¡Dame una oportunidad! ¡No me dejes por esa mugrosa!

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