En el gran comedor de la mansión Di Martino. Los sirvientes, vestidos con uniformes oscuros de una formalidad impecable, se movían listos para servir la cena.
En la cabecera secundaria, Nicole ya se encontraba sentada. Su rostro, rígidamente compuesto mediante capas de maquillaje, pretendía proyectar serenidad, pero la postura tensa de sus manos sobre la servilleta delataba el volcán que rugía en su interior.
Su mirada de águila, afilada y cargada de resentimiento, vigilaba cada movimiento de