2- El incendio

El italiano agotado tras la batalla campal se acostó a dormir.

No solía hacerlo de día, pero el cuerpo le cobraba la falta de sueño de las últimas semanas.

El silencio del piso más alto del hotel era absoluto, roto únicamente por el suave zumbido del aire acondicionado.

Mientras tanto, en la zona de servicio del pasillo exterior, la empleada terminaba de organizar las sábanas limpias en el carrito.

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la tarde. El desastre comenzó en la habitación de Jean, el cigarrillo no se había apagado y comenzó a quemar la alfombra.

El fuego subió por las cortinas y se extendió mientras Jean dormía.

En cuestión de minutos, la base del mueble de madera ya estaba envuelta en llamas vivas.

El espeso humo negro, cargado de toxinas plásticas, empezó a trepar por las paredes de la suite, ascendiendo hacia el techo antes de que los sensores térmicos pudieran reaccionar.

El aire acondicionado empujaba el humo hacia abajo. De pronto, el silencio sepulcral del hotel se rompió.

Las alarmas de incendio comenzaron a sonar en todo el edificio, un pitido ensordecedor que activó de inmediato los protocolos de emergencia.

Jean Luca se despertó de golpe, desorientado por la siesta y el estruendo.

Al intentar incorporarse, una violenta bocanada de aire caliente y cenizas le entró por la garganta, provocando un ataque de tos incontrolable.

Al abrir los ojos, el pánico lo golpeó de lleno: la habitación ya no existía. 

Solo había una masa densa, opaca y asfixiante de humo negro que lo cubría todo por completo.

No se veía absolutamente nada a más de diez centímetros de distancia. 

El calor en el ambiente era insoportable, como si hubiera despertado en las entrañas de un horno.

—¿Qué... ¿Qué es esto? —intentó gritar pero la voz se le ahogó en el pecho.

Se bajó de la cama a gatas, sabiendo instintivamente que el aire cerca del suelo era más limpio, pero el humo ya había descendido demasiado.

Se encontró completamente desamparado. No hallaba por dónde salir. 

La desorientación por la poca visibilidad empezó a jugarle una mala pasada en la mente.

—¡Auxilio!, alguien que me ayude.

El calor era abrasador. Avanzó hacia la izquierda, buscando la puerta principal, pero chocó contra una pared ardiente.

Dio la vuelta hacia la derecha, pero el fuego ya bloqueaba el acceso al balcón.

El pánico absoluto cubría todo su ser. Las alarmas seguían chillando, el crujido de la madera quemándose se intensificaban y el magnate empezó a sentir que sus piernas estaban dormidas.

“¡Rayos!, voy a morir aquí.”, toda su vida pasó delante de su ojos en un breve instante. 

Morir tan joven jamás se le hubiera pasado por la cabeza. 

El aire le faltaba por completo. Tosía y las lágrimas se le salían. Intentó buscar la puerta del baño, tropezó con algo y perdió el conocimiento. 

Afuera, en el pasillo, el caos era total. Los huéspedes de las suites vecinas corrían despavoridos hacia las escaleras de emergencia, empujándose unos a otros, envueltos en gritos de terror y llantos.

El personal del hotel intentaba guiar a la gente, pero el miedo colectivo se había apoderado del lugar.

Nadie se acordaba del dueño del hotel. La situación era un sálvese quien pueda.

Julia estaba a punto de bajar por la escalera de servicio cuando se detuvo en seco.

Miró hacia la puerta de la suite presidencial. Ningún empleado se atrevía a acercarse; el humo ya empezaba a filtrarse por las rendijas de la madera hacia el pasillo.

—¡Hay que salir, Julia! ¡Vámonos! —le gritó una de sus compañeras, tomándola del brazo.

—¡El señor Dí Martino está adentro! —gritó ella, soltándose con brusquedad—. Estaba durmiendo la siesta. ¡No ha salido! Lo tengo que ayudar.

Aunque su compañera le insistió, ella se negó a bajar, sabía que estaba allí, no la había visto bajar.

—Señor, Di Martino, ¿Está allí?

El silencio reinó, ella abrió la puerta y una llamarada salió de repente, casi le quema el rostro.

Todo lo que veía era candela y humo, corrió al pasillo y rompió el vidrio donde guardaban el extintor. 

No pensó en que su vida corría peligro, logró sofocar un poco la llama y se abrió camino.

—Señor, ¿Está aquí?

Otra vez ese silencio incómodo que le causaba nervios en el estómago. 

Giró la vista a la derecha vio un mueble volcado y Jean Luca inconsciente. 

—Jefe, ¡Despierte! Tenemos que salir.

Le daba de cachetadas para hacerlo reaccionar. Dejarlo allí no era una opción. 

Intentó cargarlo pero era muy pesado para ella, las lágrimas se asomaron, la impotencia le estaba ganando. 

—Señor, no me haga esto, despierte.

Jean Luca no se movía, ella lo abrazó en medio del calor de las llamas y el humo que ya le empezaba a provocar tos.

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