Julia pasó todo el día asustada, pensaba que en cualquier momento la iban a despedir.
Era una tortura psicológica recordar la amenaza del huésped de la suite presidencial.
Cada vez que el ascensor de servicio abría sus puertas o el radio del supervisor emitía una señal, el corazón le daba un vuelco.
Temía que el jefe de personal apareciera en cualquier momento con la carta de despido.
Al limpiar los cristales de la recepción, cerraba los ojos y se imaginaba siendo escoltada a la salida por se