Mundo ficciónIniciar sesión—¡Lo siento! Ella no despertó. —Dijo el doctor.
—¿Se murió? ¡Responda!
—No, pero entró en un coma profundo.
Jean entendió que las esperanzas eran pocas e intentó retomar su vida.
Se sentó en la cabecera de la mesa de conferencias de su empresa.
A su alrededor, doce directores de área exponían gráficos de barras, proyecciones financieras para la fusión con el consorcio europeo y análisis de riesgo de mercado.
El director de finanzas hablaba sobre la fluctuación de las acciones.
Para él, las palabras del hombre eran un zumbido sordo, idéntico al de las máquinas de terapia intensiva.
—Señor, si aprobamos la oferta de adquisición antes del cierre de la bolsa de valores, aseguraremos una ganancia neta del catorce por ciento en el primer trimestre...
Él no veía los gráficos. En el reflejo de la pantalla led, la luz roja de la gráfica de pérdidas se parecía de pronto al destello de las luces de las ambulancias.
Sus ojos miraban a la nada. En su mente olía a humo y hasta veía las llamas del incendio.
“¡Salgamos de aquí! ¡Señor!" , recordaba la voz de ella, desesperada, la culpa lo perseguía día y noche.
—¿Señor Di Martino? ¿Procedemos con la firma del contrato? —La pregunta del vicepresidente lo trajo de vuelta a la realidad.
Toda la sala lo observaba, esperando la decisión del hombre que movía los hilos de la economía regional.
Jean Luca miró los documentos frente a él. todo a su alrededor le pareció ridículo, carente de valor.
¿Qué importaban catorce millones más en una cuenta bancaria cuando el cerebro que le había devuelto la oportunidad de gastarlos se estaba apagando en una habitación estéril?
—La reunión se pospone —dijo, cerrando la carpeta de golpe.
—Pero señor, el mercado cerrará en dos horas y…
—Dije que se pospone —repitió, levantándose de la silla con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Revisaré esto mañana. Dejen los informes en mi mesa.
Salió de la sala de juntas dejando tras de sí un murmullo de desconcierto.
Subió al ascensor privado, apretando el botón del sótano con saña.
Necesitaba salir de allí. Necesitaba volver al único lugar donde su presencia parecía tener un propósito real.
Ella seguía dormida, Jean no perdía la esperanza de verla abrir los ojos.
Dos semanas después:
El ala de cuidados intensivos estaba en penumbra cuando regresó.
Ignoró las miradas de reprobación de las enfermeras del turno de tarde y entró en la habitación de aislamiento.
El sonido de los monitores cardíacos marcaba un compás lento.
Se acercó a la cama. La joven parecía una figura de porcelana rota, rodeada de tubos transparentes y gasas limpias que cubrían las quemaduras superficiales de sus brazos.
Su rostro mostraba una serenidad absoluta, una quietud que a él le resultaba aterradora.
Se sentó en la silla metálica junto a la cama, una posición que ya empezaba a resultar familiar.
El hombre inaccesible para los ejecutivos y los fondos de inversión, estaba allí, con la cabeza baja, hundido en la penumbra de un hospital.
Tomó la mano de la chica. Estaba fría, desprovista de cualquier tensión muscular.
—Dijeron que tal vez puedan desconectarse. No lo voy a permitir, si me oyes dame una señal.
Apretó los dedos de la joven entre los suyos, recostando la frente contra el borde del colchón, rendido por el cansancio acumulado de varias horas sin dormir.
— Le prometí a tu hermano que estarías bien… No me decepciones.
El monitor cardíaco aceleró su ritmo de pronto. Él levantó la cabeza de inmediato, con el corazón dándole un vuelco en el pecho.
Miró la pantalla de constantes vitales; la línea de la actividad eléctrica mostraba una pequeña e inusual alteración.
Volvió la vista hacia la mano que sostenía. Bajo la presión de sus dedos, sintió un roce sutil.
Casi imperceptible para cualquiera, pero inequívoco para él.
El dedo índice de la joven se contrajo levemente, rozando la palma de su mano.
— ¿Puedes oírme?
Se inclinó sobre el rostro de la chica. Sus párpados permanecían cerrados, pero en la comisura de su ojo izquierdo, comenzó a formarse una pequeña gota brillante.
La lágrima se deslizó lentamente por su mejilla, trazando un camino húmedo en su mejilla. Jean se quedó salió corriendo por el pasillo.
—Doctor, doctor. Venga de inmediato.







