Mundo ficciónIniciar sesiónEl celular vibró sobre el escritorio con insistencia. Jean apenas había llegado del hospital, no esperó el segundo tono. Descolgó el aparato.
Presintiendo que eran malas noticias. Los médicos ya le habían dicho que en cualquier momento podía pasar lo peor.
—Señor Dí Martino. Soy el médico que lleva el caso de su empleada.
—Dígame, doctor. ¿Cómo está ella?
—Señor, la paciente ha entrado en coma. Es necesario operar de inmediato, el edema se expandió….
Jean cerró los ojos y tomó aire. La imagen de la joven arrastrándolo a través del humo, vino a su mente.
Ella le salvó la vida, ahora la suya pendía de un hilo.
—¿Despertará?
Se puso de pie caminando hacia el ventanal del lujoso departamento. El silencio al otro lado de la línea fue doloroso.
—Señor Di Martino… Es imposible saberlo, pero si no se opera morirá más rápido.
—Traigan al mejor especialista . Pago los honorarios que pida.
Él se tensó al pensar que con tanto dinero más nada podía hacer para ayudarla.
—Ya está aquí, solo hace falta su firma de autorización. Por otro lado, no hay muchas esperanzas de vida.
—¿Qué quieren decir?
—Los daños son severos. La actividad cerebral es casi indetectable. Si la operación falla, el comité del hospital sugiere que... es momento de plantearse la posibilidad de desconectarla.
—¡No!. No se va a desconectar a nadie. Hagan todo lo posible por salvar su vida. Ella tiene que despertar, no importa yo pago lo que sea ¿Queda claro?
No esperó respuesta. Cortó la comunicación y arrojó el teléfono sobre la mesa, con el pecho agitado.
Pagaba millones a los mejores médicos del mundo y lo único que sabían hacer era rendirse.
Él no se rendía. Nunca lo había hecho en los negocios, y no empezaría a hacerlo con la vida de la mujer que se había sacrificado por él.
En la sala de espera treinta minutos más tarde, Jean cruzaba las puertas de la clínica privada para enfermos renales.
Su presencia llamaba la atención en el pasillo del piso de cuidados intensivos.
Los guardaespaldas se quedaron junto al ascensor mientras él caminaba con paso firme hacia una sala contigua.
Allí, conectado a una imponente máquina de diálisis que zumbaba con un ritmo monótono, se encontraba Daniel.
El muchacho, tenía la piel pálida, del color de la cera, y las ojeras hundidas debido a la insuficiencia renal crónica que padecía.
Su hermana trabajaba para costear sus medicamentos; ese era el motivo por el que estaba en la zona del accidente aquella fatídica tarde, hacía horas extras.
Daniel levantó la vista al ver entrar a Jean. En sus ojos brillaba una mezcla de reverencia y desesperación.
Para el muchacho, él era el ángel guardián adinerado que de la noche a la mañana se había hecho cargo de todos los gastos médicos.
—Señor Di Martino —dijo Daniel, intentando incorporarse en el sillón de tratamiento. El tubo de la diálisis se tensó levemente.
—Quédate quieto. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mucho mejor. Todo es gracias a usted. Le estoy muy agradecido.
A Jean se le contrajo el estómago. La culpa era un ácido sordo que le corroía las entrañas.
—No hay de que, yo me haré cargo en adelante.
Daniel pensaba que el millonario actuaba por pura filantropía, por generosidad desinteresada.
El joven no sabía que su hermana estaba postrada en otro hospital.
Jean no había tenido el valor de decirle sobre el accidente en el hotel.
No podía confesarle que su hermana era una heroína y, al mismo tiempo, una víctima colateral de su propio destino.
—Tu hermana está... trabajando duro.
Tú sólo concéntrate en tu tratamiento. No te preocupes por nada.
—¿Cuándo viene? —preguntó, mirándolo con una fe ciega que a él le dolió más que cualquier reproche.
Jean tragó saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
Se negó a decir la verdad. Se negó a destruir la única pizca de esperanza que mantenía al muchacho con fuerzas para seguir filtrando su sangre tres veces por semana.
—Solo ten paciencia. Ella no puede venir por el momento.
La operación se llevó a cabo fueron seis horas y media. El médico salió al pasillo.
—Doctor, dígame cómo está ella.
La expresión del médico era sombría. Jean sintió su corazón agitado.







