Julia terminó de estirar la última esquina de la sábana con los dedos temblorosos.
Colocó las almohadas en su lugar, se alisó el uniforme y caminó hacia la salida del dormitorio.
Al ver que él entraba de nuevo desde el balcón, guardando el teléfono en el bolsillo, ella sintió la necesidad de romper el silencio.
Quería asegurarse de que el incidente de la mañana había quedado en el pasado.
—Señor, ya terminé... —dijo ella en voz baja, dando un paso atrás—. Yo... yo le quiero dar las gracias p