Mundo ficciónIniciar sesiónJean no se movía. Su camisa de lino blanco estaba manchada de hollín y su frente sangraba.
Sus ojos, fijos y desorientados, parpadeaban con desesperación hacia ninguna parte.
—No veo... —la voz de Jean sonó rota, desprovista de su habitual arrogancia.
— El humo... no veo la salida.
Julia cruzó el umbral, agachándose para respirar el poco oxígeno que quedaba.
Volvió hasta él y lo tomó por los hombros. La tela de su chaqueta humeaba.
—Soy Julia, señor. Arriba, de pie. Tenemos que movernos ya.
Al intentar levantarlo, él soltó un gruñido ahogado de dolor y volvió a tambalearse.
Su pierna derecha falló por completo; el tobillo estaba torcido, había tropezado a ciegas con una mesa.
—Déjame —tosió él, intentando apartarla con una mano débil—. Si te quedas moriremos los dos, salvaje tú.
—Cállese y apóyese en mí —respondió ella.
Con un esfuerzo que le desgarró los músculos, Julia pasó el brazo de él sobre sus hombros.
El peso del hombre la hundió, pero se obligó a dar un paso. Luego otro.
Era una trampa mortal: las vigas del techo crujían y el calor era tan denso que derretía las suelas de sus zapatos.
La visibilidad era nula. El humo negro flotaba en densas capas, borrando las paredes.
¿Dónde estaba la puerta principal? Ella giró a la izquierda, pero una llamarada estalló desde el pasillo del dormitorio, obligándolos a retroceder.
Sus pulmones suplicaban aire; cada bocanada se sentía como tragar cristales rotos.
Jean flaqueaba, perdiendo la conciencia por momentos, arrastrando los pies.
Julia sentía el sudor correr por su espalda, evaporándose casi al instante por el calor extremo.
El pánico intentó paralizarla, pero la imagen de quedarse allí atrapados la espoleó.
Avanzó a tientas, rozando la pared con la mano libre hasta que sus dedos tocaron el marco metálico de la salida.
La puerta de la suite estaba a solo dos metros.
—¡La tengo! —exclamó, aunque el sonido se ahogó en su propia tos.
El pasillo del hotel, aunque inundado de humo, representaba la salvación.
Julia acumuló la última reserva de energía de su cuerpo. Se paró en el umbral, afirmó los pies y, con un empujón violento y desesperado, empujó el cuerpo de su jefe hacia el exterior.
Él cayó de bruces sobre la alfombra del pasillo, a salvo de las llamas directas de la suite.
Se impulsó para dar el paso que la sacaría de la suite, pero el destino de la estructura ya estaba sellado.
Un crujido ensordecedor estalló justo encima de ella. Una pesada viga de madera del techo, completamente carbonizada y desprendida por el fuego, cayó en vertical.
El impacto fue seco, directo en la coronilla de Elena. No hubo tiempo para gritar, ni para sentir dolor.
El mundo de la joven se apagó al instante, cayendo desplomada hacia atrás, de regreso al interior de la habitación en llamas.
El ruido de las sirenas de ambulancia y el rugido de los camiones de bomberos se dejaban oír.
El aire de la noche era frío, pero Jean solo sentía el calor quemando su piel mientras lo bajaban en una camilla por la escalinata del hotel.
Tenía una máscara de oxígeno pegada al rostro y una manta cubriéndolo.
Los paramédicos se movían con prisa mecánica, gritando constantes vitales y preparando el traslado inmediato.
—¡Espera! —Él se arrancó la máscara con una mano temblorosa, ignorando el dolor agudo que le recorría la pierna inmovilizada—.
—Señor, debe mantener la máscara puesta, inhaló demasiado monóxido —le ordenó un médico, intentando sujetarlo.
—La chica... —él agarró la solapa de la chaqueta del médico con una fuerza nacida del puro pánico—. La empleada que estaba conmigo en la suite. Julia. ¿Dónde está?
El médico intercambió una mirada rápida con uno de los bomberos que coordina la evacuación a pocos metros.
El bombero negó lentamente con la cabeza, con el rostro cubierto de hollín y la expresión sombría.
—La sacamos después que a usted, señor —intervino el bombero, acercándose a la camilla—. El techo colapsó encima de ella.
Tuvimos que cortar los escombros para liberarla.
—¿Dónde está? —insistió, sintiendo un nudo frío en el estómago que nada tenía que ver con las heridas físicas.
—Ya va en la unidad médica avanzada hacia la clínica central. Va grave... al borde de la muerte. Mantenga la calma, ahora debemos preocuparnos por usted.
Las puertas de la ambulancia se cerraron con un golpe fuerte, aislando a Jean en un espacio iluminado por luces intermitentes.
El motor rugió y el vehículo aceleró, pero el millonario ya no escuchaba nada.
En su mente solo se repetía el sonido del crujido de la madera y la imagen de los ojos de Julia la mujer que lo había salvado de la muerte.
Horas más tarde ya lo habían examinado y se encontraba bien.
Se puso de pie y fue a preguntar por ella, una enfermera le dio razón de la chica.
—Está en terapia intensiva.







