Exótica obsesión: La esposa tonta del CEO Italiano
Exótica obsesión: La esposa tonta del CEO Italiano
Por: MARISOL DUARTE
1- Exótica obsesión

—Julia, limpia la habitación otra vez. —ordenó Jean Luca con expresión autoritaria, clavando su mirada arrogante sobre ella.

Julia frunció el ceño. Sus manos temblaban; ya había limpiado la suite presidencial tres veces en menos de dos horas.

—Señor, ¿Por qué lo hace? —preguntó con calma, aunque por dentro se sentía angustiada.

—Porque pago tu sueldo.

Esas palabras le dolieron mucho, suspiró profundo para no perder los estribos. 

Ella no pudo evitar que un par de lágrimas se le salieran en forma espontánea. 

—¿Es por el préstamo que me hizo? —preguntó con voz temblorosa, sin ocultar los nervios que le producían su cercanía. 

—No, para mí ese dinero es como sacarle un pelo a un gato. Solo quiero que te dediques a atenderme bien.

En el rostro de Jean Luca se veía el interés que tenía por la chica, era una necesidad tenerla cerca.

Con cualquier excusa la retenía en las cuatro paredes de la suite presidencial.

Ella apretó los ojos y suspiró profundo. Hasta se había hecho la ilusión de que su jefe la viera de otra forma. 

“Soy una tonta, dejaré de ver tantas telenovelas, un hombre así, jamás se fijaría en alguien como yo.“

—¿Qué haces allí parada? ¡Trabaja!

Ella tomó el plumero y siguió sacudiendo el polvo inexistente. 

El cuerpo de Jean ardía. Mientras la veía ir y venir con ese uniforme ajustado. Fantaseaba con ella.

“¿Qué me pasa con esta mujer? No puedo negar que es hermosa.“

—Señor, todo está reluciente.

—Lárgate, que nadie me moleste, voy a dormir la siesta.

Ella dio un suspiro de alivio y salió de la habitación.

Sintió libertad al librarse del peso de esa mirada que le hacía erizar la piel.

Muchas veces lo había pillado mirándole las nalgas.

Julia se hacía la indiferencia, como inmigrante llegada de Venezuela no podía darse el lujo de quedarse sin empleo.

Antes con el sueldo de ella y el de su hermano Daniel les iba de maravilla, pero la vida es cruel y Daniel está enfermo de insuficiencia renal.

Tan grave era la situación que requería de diálisis constantes.

Ella solo deseaba salir de esa deuda con Jean Luca Di Martino y no verle más la cara a su odioso jefe.

El ambiente de trabajo se tornaba pesado y Jean Luca al saber que era virgen se había obsesionado con ella.

Por orden suya, la única persona que atendía al engreído dueño del hotel era Julia.

Menuda tarea, aguantar regaños del jefe.

Desde que Jean Luca conoció a Julia, algo en él se encendió.

Era una gracia natural la que tenía Julia, un tumbao al caminar que ninguna de esas mujeres que habían pasado por su cama tenían.

El hecho de que ella no sucumbiera a sus encantos y lo tratara con distancia hizo que se encaprichó aún más.

Jean Luca siempre reaccionaba con una crueldad fría, meticulosa y constante.

Todos los días, al dar las dos de la tarde, él iniciaba su particular guerra psicológica.

Si ella cambiaba las sábanas de la cama, él se sentaba a mirarla con los brazos cruzados, dictando órdenes.

—Están arrugadas en la esquina izquierda, Parece mentira que cobres el sueldo que te pago y no sepas hacer la cama. Muévete, no tengo todo el día.

Si ella pulía los cristales del balcón, él pasaba el dedo índice por la superficie y al encontrar la más mínima e invisible mota de polvo, la miraba de arriba abajo con desprecio.

—Incompetente. Vuelve a pasarlo. Y hazlo bien.

Cualquier otra mujer habría roto a llorar, habría arrojado la bayeta al suelo o habría gritado ante semejantes humillaciones directas a su dignidad.

Julia no lo hizo. Ella lo miraba con serenidad, sostenía la respiración un segundo y, en lugar de devolverle el insulto, le sonreía.

No era una sonrisa burlona ni desafiante; era una sonrisa mansa, cargada de una madurez profunda y una gratitud genuina que él no lograba comprender.

Muy en el fondo Julia sabía perfectamente lo que se escondía detrás de la máscara de piedra de ese hombre.

Sabía que ese ogro que la trataba como a una basura ahora, era el mismo que le había salvado la vida a su hermano Daniel.

Julia había descubierto que el monstruo tenía un corazón.

Sinvergüenza y mujeriego, pero sensible a sus necesidades. 

Una chica de larga cabellera negra, con una diminuta falda se dirigía a la habitación de Jean.

—Señorita, el señor Jean Luca no la puede recibir. 

—¿Quién eres? ¿Acaso no sabes quien soy? 

Ella negó con la cabeza, esa mujer parecía diferente a las otras.

—¡Lo siento! Pero son órdenes de mi jefe.

—Mira bambina, yo también soy tu jefa, Nicole Di Martino, ¡Quítate del medio!

Julia se aguantó de la pared para no caer con el empujón que esa mujer le dio.

En la habitación Jean Luca la recibió con un beso en los labios.

—¿Alguien te vio subir?

—Solo esa tonta de la limpieza.

—Su nombre es Julia y es muy atractiva….

Ella le dio una cachetada juguetona y él la besó con pasión.

Con furia loca las ropas cayeron al piso y el deseo se apoderó de ellos.

Ya calmada las ansias carnales, ella retozaba en su pecho.

—¿Cuándo le dirás al abuelo de lo nuestro?

—Todavía no me atrevo, aunque no tengas mi sangre. Eres como mi hermana. 

Ella se levantó tomó su bolso y sacó un cigarrillo, lo encendió y le dio una fumada.

—Me voy a bañar, apaga ese cigarrillo, no me gusta que fumes aquí.

Ella aplastó la colilla contra la alfombra, se vistió y salió sin darse cuenta de su imprudencia.

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