Mundo ficciónIniciar sesiónEl temblor sacudía el cuerpo del guardia de seguridad. El custodio, un hombre robusto que solía jactarse de su frialdad, sudaba frío, incapaz de sostenerle la mirada a su patrón.
—Revisa las últimas grabaciones de la planta alta. —No me hagas repetirlo.
Con los dedos trémulos el vigilante arrastró el cursor en la pantalla táctil.
En menos de cinco segundos, los datos arrojaron la verdad sin contemplaciones: La cámara del pasillo reproducida en alta definición mostró de inmediato la silueta inconfundible de Nicole, entrando en el dormitorio de huéspedes con un estuche en la mano.
Imposible que el guardia de seguridad no hubiera visto las cámaras.
—Señor Di Martino... yo... —balbuceó el vigilante, perdiendo el aire al sentir la imponente e intimidante presencia física de Jean Luca cerca de él—. Yo no quería... La señorita Nicole me acorraló... me pagó un fajo de billetes para que le entregara la llave de repuesto ... Se lo juro por mi vida…
—Cállate. Tu lealtad a este apellido tenía un precio barato. Estás despedido. Fuera de mi vista.
El guardia no se atrevió a recoger sus pertenencias de la mesa; tomó su chaqueta y huyó por la puerta de servicio como un criminal acorralado.
Sin perder un solo instante, Jean Luca subió las escaleras con un bólido, con Julia avanzando a su lado.
Encontraron a Nicole bebiendo una copa de licor para calmar sus nervios destrozados.
El magnate se interpuso frente a ella, bloqueando la luz del ventanal con su figura, con el rostro transfigurado por la ira.
—Tu trampa ha sido descubierta. Acabo de revisar las grabaciones de seguridad del pasillo Tu cómplice confesó.
Nicole palideció por completo, dejando caer la copa sobre la alfombra.
Pálida, desprovista de cualquier excusa ante el peso de las pruebas.
—Jean Luca... yo solo intentaba proteger nuestro estatus de esa aparecida... —intentó balbucear con lágrimas de impotencia en los ojos.
—A partir de este preciso instante tu autoridad en esta mansión queda anulada. Julia no es ninguna intrusa ni una sirvienta a la que puedas pisotear para calmar tus celos enfermizos.
Nicole se arrojó al suelo y se aferró a ĺos pies de Jean Luca.
—No me humilles delante de esa muerta de hambre, ella no hace nada aquí, su presencia está demás.
—No se irá, es más. Desde mañana, ella ocupa formalmente el cargo de asistente personal. Y tú vas a aprender a respetar su posición, si es que pretendes seguir conservando los privilegios de tu apellido bajo mi techo.
Julia sostuvo la mirada horrorizada y llena de veneno de Nicole con una barbilla en alto.
Al día siguiente.
Los ojos curiosos de Julia se posaron en los libros que abarrotaban las estanterías.
El despacho privado de Jean Luca Di Martino era un territorio prohibido, un santuario de alta seguridad prohibido para casi todos los habitantes de la mansión, y sin embargo, ella se encontraba allí, asimilando su nueva realidad.
Sentada frente al inmenso escritorio de caoba, a escasos pasos del millonario, Julia revisaba unos papeles mientras él la miraba desde su asiento.
Jean Luca simulaba leer un informe financiero, pero era una pantalla; sus ojos se desviaban inevitablemente hacia ella a cada rato.
Su autocontrol, esa fachada de hielo imperturbable que todos en la alta sociedad le conocían, se perdía por completo con el simple hecho de verla a su lado.
Ni hablar del aroma tan especial y limpio que desprendía la joven, una fragancia sutil que ya se le había grabado a fuego en el cerebro, provocando una mezcla explosiva de posesión.
El remordimiento por haberla maltratado y humillado en el pasado debido a su origen humilde seguía ahí, latente en su pecho, pero ahora se sumaba una atracción incontrolable que desafiaba su propia lógica.
Había inventado esa absurda mentira de hacerla su asistente personal únicamente para protegerla de las garras de Nicole y mantenerla bajo su radar, pero la realidad era que, al hacerlo, se estaba encadenando a sí mismo a su propia y peligrosa obsesión.
—No es necesario que hagas nada hoy, Julia —pronunció Jean Luca. —Acabas de salir del hospital y tu cuerpo aún está débil. Puedes tomar un descanso en los jardines.
Julia levantó la cabeza de inmediato y clavó sus ojos en los del millonario. Sostuvo la mirada con una serenidad desafiante y altiva que lo desarmó por completo, negándose a aceptar los privilegios de la compasión.
—Le agradezco mucho la consideración, don Jean Luca, pero quiero trabajar. No vine a esta mansión a gorronear su comida ni a vivir de lástima.
Jean Luca contuvo el aliento. La audacia indomable de la joven, su negativa absoluta a ser tratada como una víctima indefensa o una desvalida, era el detonante exacto donde Julia ganaba kilómetros de ventaja en su corazón de piedra.
Ella no buscaba sus millones ni su lástima; exigía su lugar en el mundo con una dignidad inquebrantable que ninguna de las mujeres de la alta sociedad poseía.
—Tienes una persistencia que roza la insolencia, Julia —comentó el magnate, mostrando en sus ojos un brillo peligroso—. Cualquier otra persona en tu precaria posición estaría profundamente agradecida de estar protegida por mí y de disfrutar de las comodidades de este imperio.
—Cualquier otra persona quizás tendría miedo de usted y de su dinero, caballero. Pero yo no —replicó ella, sosteniendo el duelo de miradas—. El fuego del hotel me quitó los recuerdos de mi vida, es verdad, pero no me quitó el valor ni el orgullo.
Con un movimiento seco, Julia soltó sobre el escritorio la carpeta de cuero que había apretado contra su pecho durante todo ese rato.
Jean Luca la abrió despacio y a medida que sus ojos recorrían las anotaciones manuscritas, su expresión se endureció por completo.
—¿Qué significa esto? —preguntó él.
—Son todos y cada uno de los gastos médicos que usted ha realizado para ayudar a mi hermano Daniel con su trasplante de riñón. Porque pienso pagar cada centavo. A mí no me gusta deberle nada a nadie, y menos a un hombre como usted.
—Yo no te estoy cobrando. Además, si algo sobra en la familia Di Martino, es el dinero —soltó él con fastidio.
—Lo sé perfectamente, pero a mí no me gusta arrastrar deudas. Con mi trabajo como asistente le voy a pagar hasta el último billete.
—Tú terquedad no tiene límites, basta solo una palabra o un gesto de tu parte y pongo el mundo a tu pies.
—Eso es lo que no deseo bajo ninguna circunstancia, que usted se haga la idea errónea de que me voy a entregar a sus caprichos.
Jean Luca se quedó congelado en su asiento ante el rechazo directo.
El magnate simuló leer el desglose de los costos médicos para ocultar el vuelco que le había dado el corazón.
Julia acababa de colocarlo en su lugar, estableciendo unos límites de acero que echaban por tierra sus planes inmediatos de poseerla.
—Estamos hablando de mucho dinero. A este ritmo de asistente, pasarías toda una vida entera trabajando para mí para poder saldar esa deuda.
—Eso no es asunto suyo, don Jean Luca. Yo veré cómo me las arreglo para pagar. Solo quiero que esta situación laboral quede clara y no se preste a malos entendidos.
Antes de que Jean Luca pudiera formular una respuesta, un ruido proveniente del pasillo llamó la atención de los dos.
El sonido del cristal rompiéndose contra el piso. Ambos se asomaron de inmediato hacia la gran ventana que daba al corredor.
Nicole estaba de pie allí, petrificada. En su intento por retroceder sigilosamente para no ser vista, sus hombros habían golpeado un jarrón chino de la dinastía Ming, una pieza de colección sumamente costosa que ahora yacía hecha añicos a sus pies.
El rostro de la mujer estaba completamente deformado por una rabia negra; sus ojos, rojizos e hinchados, delataban que había pasado la mañana llorando de impotencia.
Había estado espiando la conversación privada de ellos desde hacía mucho rato, pegada a la madera de la puerta.
Nicole había visto a Julia caminar con total libertad por el despacho y a su hermano mirarla con esos ojos desbordantes de un interés especial, posesivo y obsesivo.
Lo que más la carcomía por dentro era darse cuenta de cómo la maldita sirvienta utilizaba el rechazo y la altivez como una estrategia psicológica para atraer todavía más a Jean Luca.
Conociendo a la perfección el temperamento de su amante, sabía que cuando el magnate se encapricha con algo, nada ni nadie en el mundo lo hacía desistir de su cacería.
Su trampa del collar de diamantes no solo había fracasado estrepitosamente debido a la inteligencia de Julia, sino que ahora se daba cuenta, con terror, de que su jugada había lanzado a la enemiga directamente a los brazos protectores de Jean Luca.
Era solo cuestión de tiempo antes de que esa pasión contenida estallara entre las sábanas de la mansión y ella terminara perdiendo su estatus y a su hombre para siempre.
Al verse descubierta por la mirada fría de su hermano a través del cristal, Nicole apretó los puños.
Jean Luca no le formó un escándalo público ni le pidió explicaciones vulgares ante el servicio; su desprecio era demasiado aristocrático para eso.
Simplemente le dio la espalda con un ademán de indiferencia y continuó hablando con Julia, ignorando su existencia como si fuera un fantasma.
La hermana indignada se retiró a pasos rápidos por el pasillo, devorada por el veneno de saberse desplazada.
El joven magnate concentró de nuevo toda su atención en la mujer que tenía enfrente.
—¿En qué estábamos antes de la interrupción, Julia? —preguntó y sus ojos recuperaron ese brillo de depredador.
—Precisamente en eso, señor —respondió Julia, dando un paso hacia atrás—. Su hermana no me soporta. Quiero irme. No pertenezco aquí. Por el dinero de la deuda no se preocupe, cumpliré mi palabra.
El hombre se levantó de su silla de golpe. Se acercó tanto a ella que Julia pudo sentir el calor de su cuerpo.
La chica, ruborizada por el impacto físico y sintiendo el pulso desbocado, intentó dar la vuelta para marcharse del despacho, pero Jean Luca no se lo permitió.
La rodeó por completo, atrapándola sin escapatoria entre su imponente figura y el borde rígido del escritorio.
Extendió su mano derecha con una lentitud tortuosa y rozó las yemas de sus dedos firmes contra la piel desnuda del cuello de Julia.
—¿Eres tonta o es que te gusta jugar con fuego, Julia? —susurró él, y su respiración le acarició los labios. —Tienes en las manos el poder absoluto para cambiar tu vida y aún así te das la gala de despreciarme. Me estás volviendo loco, maldita sea, y lo sabes perfectamente.
Julia sintió la corriente eléctrica de su tacto posesivo recorriendo cada fibra de su piel, un calor denso que de pronto despertó recuerdos difusos, de órdenes autoritarias y Jean metiendo mujeres a la habitación del hotel.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano de voluntad, mantuvo la barbilla en alto y la mirada fija en los ojos del magnate.
—No soy ese tipo de mujer que se sienta en un salón a esperar que un hombre adinerado la mantenga por capricho. No vine desde tan lejos en mi vida para ser la amante escondida de nadie.
Jean Luca la observó durante un segundo interminable y, de pronto, soltó una sonrisa seductora.
Retiró los dedos de su cuello pero sin apartar su cuerpo del de ella.
—Para, para... No sigas —dijo él, rindiéndose. —Yo solo te ofrecí una salida fácil para aliviar tu carga. Si prefieres el camino difícil, que así sea: Trabajarás para mí.
—De acuerdo, pero no olvide nunca una regla, señor: soy su asistente, no su propiedad privada.
Jean Luca ensanchó su sonrisa seductora, permitiéndole finalmente dar el paso hacia la salida del despacho.
“Mientras más resistencia pongas en esta casa, mucho más dulce y adictiva será mi victoria final sobre tu orgullo”, pensó el millonario mientras la veía alejarse.







