La fotografía sobre el escritorio de caoba no se movía, pero para Valentina contenía el epicentro de un terremoto. Estaba sola en el despacho de la mansión. Las luces apagadas, salvo por la lámpara dirigida directamente al papel satinado. La silueta, la forma exacta de inclinar la cabeza al bajarse del auto en aquella calle lateral de Milán... Todo encajaba de una manera brutal y perfecta.
—Es ella —susurró Valentina para sí misma. Las palabras murieron contra las paredes de madera del despacho