Elena cerró la puerta.
Antes de que pudiera darse cuenta, Mateo ya la estaba besando. No fue un beso suave ni de prueba: fue inmediato, profundo, con las manos ya en su cintura y la espalda de ella chocando contra la madera. El beso se volvió más intenso en segundos, sus bocas abriéndose, las lenguas encontrándose con una urgencia que llevaban guardando semanas.
—¿Estás segura? —preguntó él, la voz baja y ronca, mientras sus dedos bajaban el cierre del vestido por la espalda.
—Segura —respondió