El jueves, mientras Marco Ricci almorzaba solo en su restaurante de siempre sin saber que su vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca iba a poder nombrar del todo, Mateo estaba en Milán organizando algo completamente distinto.
Llamó a Elena a media mañana.
—¿Estás libre el sábado a la noche?
—Depende. —Elena sonaba distraída, con ruido de oficina de fondo. —¿Para qué?
—Para una cena. —Mateo lo dijo simple. —Vestite bien. Paso a buscarte a las ocho.
—¿Eso es todo lo que me vas a dec