Al día siguiente.
Amara despertó sobresaltada, con esa sensación incómoda en el pecho que no sabía si llamar vacío o presentimiento. Lo primero que hizo fue buscar a Liam con la mirada, tanteando el costado de la cama como si aún pudiera sentir el calor de su cuerpo allí. Pero solo encontró sábanas frías.
Al ponerse de pie, recorrió la casa con pasos lentos, conteniendo un suspiro tras otro. En la cocina, la asistente de limpieza apenas la vio entrar y, con una voz suave, pero cortante, le dijo:
—El señor Liam salió temprano. Dijo que tenía trabajo.
Trabajo.
La palabra le atravesó el corazón como una aguja helada.
Hoy era el ultrasonido.
Hoy debía estar con ella. Hoy.
Amara se quedó quieta, con las manos apoyadas en el mármol, respirando hondo para no venirse abajo. “Ni siquiera recordó…”, pensó. Y ese pensamiento fue suficiente para que la garganta se le cerrara por completo.
Ni siquiera recordó que hoy era el ultrasonido.
El pecho le pesaba tanto que sintió que el aire se escapaba e