La doctora respiró hondo antes de hablar, intentando suavizar la tensión que se había acumulado en el aire después del caos con Ronald.
—Amara… ¿Quieres que él entre?
Amara levantó la mirada hacia la puerta. Liam se sostenía del marco, como si temiera moverse. Sus ojos estaban cargados de culpa, de miedo, de algo que ella no sabía descifrar. Y, aun así, su corazón lo reconocía.
Amara asintió despacio.
—Es el padre de mi hijo.
Liam entró sin decir palabra. Cerró la puerta con cuidado, casi con reverencia, como si temiera que cualquier sonido pudiera quebrar la fragilidad que había entre ambos. Se acercó con pasos lentos, y por un instante que pareció eterno, sus miradas se encontraron.
Pero ninguno dijo nada.
El silencio era demasiado pesado, demasiado lleno de verdades no dichas.
Entonces, el ultrasonido comenzó.
Amara, con la respiración entrecortada, extendió la mano. Dudó un segundo, temiendo que él la apartara, pero no lo hizo. Liam permitió que sus dedos se entrelazaran con los