Al día siguiente.
Sídney no había dormido bien.
Toda la noche había girado en su cama, una y otra vez, pensando en lo que sucedería.
Su corazón latía tan rápido que parecía anticiparse a algo que ni ella misma podía describir.
La fundación había trabajado semanas preparando aquel evento: una gran gala benéfica con el propósito de reunir fondos para los niños que más lo necesitaban.
Todo debía ser perfecto. Luces, flores, música, vestidos… y máscaras.
Esa noche, más que una fiesta, era un encuentro con su destino.
Mientras observaba su reflejo en el espejo, se sintió insegura.
—¿Por qué estoy tan nerviosa? —susurró.
Sabía bien la razón.
Aquel hombre misterioso, aquel que le había escrito palabras que le atravesaban el alma sin tocarla siquiera, estaría allí.
No sabía su rostro, ni su nombre, solo su inicial: “O”.
Mr. O. Su admirador secreto. Su sombra constante desde hacía meses y tenía una idea que se aferraba en creer, era Orlando.
Respiró hondo, tomó su antifaz dorado y se colocó el