En la comisaría el aire olía a desinfectante y a nervios.
Sídney había declarado con la voz temblorosa, repasando cada detalle hasta quedarse sin aliento. Sus manos seguían húmedas, y casi sin darse cuenta se levantó de golpe: la palabra de Leslie resonaba en su cabeza como un golpe seco.
«Lucía», había dicho Leslie antes de morir.
Sídney sintió cómo la sangre le subía a la cara; las piernas le flaquearon.
Por un segundo quiso salir corriendo, necesitaba comprobarlo, necesitaba mirar a la mujer