En la comisaría el aire olía a desinfectante y a nervios.
Sídney había declarado con la voz temblorosa, repasando cada detalle hasta quedarse sin aliento. Sus manos seguían húmedas, y casi sin darse cuenta se levantó de golpe: la palabra de Leslie resonaba en su cabeza como un golpe seco.
«Lucía», había dicho Leslie antes de morir.
Sídney sintió cómo la sangre le subía a la cara; las piernas le flaquearon.
Por un segundo quiso salir corriendo, necesitaba comprobarlo, necesitaba mirar a la mujer que había servido en su casa a los ojos y saber si era verdad.
Travis la contuvo con firmeza pero sin brusquedad. Sus dedos, cálidos, le transmitieron una calma que Sídney agradeció con la piel erizada.
—No te vayas sola —le susurró—. Si Leslie dijo eso, lo comprobaremos juntos.
La tensión se mantuvo como una cuerda tensada hasta que ambos salieron de la comisaría.
Afuera, el sol se colaba frío entre los coches.
Fueron directos a la mansión, la encontraron ahí, como si nada pasara, pero sabían q