—Tú… eres… —balbuceó Sídney, incapaz de creer lo que sus ojos veían.
El hombre frente a ella se quitó lentamente la máscara blanca que cubría su rostro, y el mundo pareció detenerse.
El aire se volvió denso, la música de la fiesta se desvaneció en un murmullo distante, y solo quedó el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza, desbocado.
Allí, bajo la luz temblorosa de las lámparas del jardín, estaba Travis Mayer.
El hombre que había amado con todo su ser… y que también había destrozado su alma.
—¿Eras tú? —susurró Sídney, con la voz quebrada por la incredulidad y el dolor—. ¿Qué es esto, Travis? ¿Un juego más contra mí?
Travis dio un paso hacia ella. Su mirada, tan intensa, la atravesaba como una llamarada.
Sídney retrocedió, con el corazón temblando entre el miedo, la rabia y la confusión. Pero él acortó la distancia, la tomó suavemente de los hombros y la obligó a mirarlo.
—Sí —dijo con voz grave—. Soy yo, Sídney. Siempre fui yo. No hay nadie más.
Sus manos temblaban, pero su