El silencio en el pasillo del hospital era tan espeso que parecía un muro. Andrew respiraba con dificultad, como si cada bocanada le quemara el pecho. El doctor salió con el rostro sombrío, las manos enguantadas aun temblando ligeramente.
—Señor… —su voz era seria, casi un susurro que cargaba una tragedia—. Lo siento. No pudimos salvar al bebé.
Andrew sintió que las piernas se le debilitaban.
Un vacío frío lo atravesó de lado a lado.
La frase rebotó dentro de su cabeza una y otra vez, sin encontrar dónde detenerse.
—Vamos a realizar un legrado en unos minutos —continuó el doctor, bajando ligeramente la mirada—. Pero… ella suplica verlo. Quiere que entre. Le ruega que vaya, señor.
Las palabras golpearon a Andrew con una fuerza brutal.
Dio un paso hacia atrás, como si lo hubieran empujado. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, gruesas, silenciosas, dolorosas.
Tragó saliva, intentando recuperar el aire que parecía habérsele escapado.
Por unos segundos se perdió en su propia torm