Stelle no podía moverse.
Estaba tan paralizada que ni siquiera sintió el aire entrar en sus pulmones. Solo veía la escena frente a ella: el cuerpo de Beatriz, extendido en el suelo, retorcido por la caída, respirando con dificultad.
Un segundo antes, la casa estaba llena de silencio. Un silencio cálido, doméstico, que anunciaba la llegada de Andrew.
Ahora, ese mismo silencio se había convertido en una condena que le reventaba los oídos.
Andrew apareció en la entrada del vestíbulo. Su mirada rec