Stelle no podía moverse.
Estaba tan paralizada que ni siquiera sintió el aire entrar en sus pulmones. Solo veía la escena frente a ella: el cuerpo de Beatriz, extendido en el suelo, retorcido por la caída, respirando con dificultad.
Un segundo antes, la casa estaba llena de silencio. Un silencio cálido, doméstico, que anunciaba la llegada de Andrew.
Ahora, ese mismo silencio se había convertido en una condena que le reventaba los oídos.
Andrew apareció en la entrada del vestíbulo. Su mirada recorrió la escena con una rapidez casi violenta: primero Beatriz, sangrando en el suelo… luego Stelle, quieta, temblorosa, en lo alto de la escalera.
Un instante.
Solo un instante.
Y, sin embargo, Stelle sintió como si toda su vida dependiera de lo que él creía ver en ese momento.
—¡Beatriz! —exclamó Andrew, corriendo hacia ella.
Su voz resonó como un golpe dentro del pecho de Stelle.
Ella bajó los escalones con torpeza, sintiendo que el mundo se desmoronaba.
—¡Llamen a la ambulancia! —ordenó And