La fiesta se celebraba en un salón lujoso, de esos que parecen sacados de una revista de bodas: techos altos, lámparas de cristal que parecían estrellas atrapadas en oro, música suave, mesas adornadas con flores blancas y una pista iluminada en tonos cálidos.
Todos estaban ahí: familiares, amigos, socios… todos sonreían, brindaban y celebraban la unión que tanto se había esperado.
En medio de la pista, Amara bailaba con Liam, abrazada a él como si fuera la culminación de todos los años en los que había soñado con este momento. Sus manos temblaban ligeramente, no por nervios, sino por felicidad pura.
—Al fin soy tu esposa —susurró contra su oído, con una sonrisa radiante.
Liam la estrechó por la cintura, la atrajo un poco más hacia él y le devolvió la sonrisa con ese toque de picardía que siempre hacía que el corazón de Amara latiera más rápido.
—Y yo al fin puedo llamarte mía sin reservas —respondió, mientras la giraba al ritmo de la música.
A unos metros, Stelle bailaba con Andrew. E