Glory cayó de bruces sobre el pavimento, y el golpe resonó en la calle silenciosa como un lamento.
Travis reaccionó de inmediato.
La levantó entre sus brazos, notando cómo el cuerpo de ella temblaba, inerte, con un murmullo apenas audible escapando de sus labios. El viento frío de la noche le azotó el rostro mientras la cargaba de regreso a la mansión.
—¡Abran la puerta, rápido! —ordenó con voz ronca.
Los sirvientes corrieron al verlo entrar con la mujer en brazos.
La depositó en el sofá principal, alarmado por el color pálido de su rostro y el aroma a alcohol que emanaba de su piel.
—¡Llamen a un médico! —exigió, pero ya uno de los empleados lo hacía.
Mientras esperaba, Travis caminaba de un lado a otro, con el corazón latiendo con una mezcla de rabia y desesperación.
Intentó llamar a Sídney, una y otra vez, pero ella no respondía. Su número, su voz, su mundo entero… inalcanzable.
Tomó el teléfono de Glory con manos temblorosas, buscando una pista, algo, pero se encontró con una panta