Cuando Sídney llegó a la mansión, no esperaba encontrar nada fuera de lo común.
Sin embargo, el sonido de la música, las risas y las luces del jardín la desconcertaron. Desde la colina, el resplandor de las lámparas iluminaba la entrada principal.
Todo parecía sacado de una postal: mesas cubiertas con manteles blancos, copas de vino reluciendo bajo las luces cálidas y un centenar de invitados celebrando con entusiasmo.
Por un momento pensó que se había equivocado de lugar. Pero no… esa era la ca