Cuando Sídney llegó a la mansión, no esperaba encontrar nada fuera de lo común.
Sin embargo, el sonido de la música, las risas y las luces del jardín la desconcertaron. Desde la colina, el resplandor de las lámparas iluminaba la entrada principal.
Todo parecía sacado de una postal: mesas cubiertas con manteles blancos, copas de vino reluciendo bajo las luces cálidas y un centenar de invitados celebrando con entusiasmo.
Por un momento pensó que se había equivocado de lugar. Pero no… esa era la casa. Su casa.
Entonces escuchó una voz conocida que la llamó con angustia:
—¡Sídney!
Era Glory, corriendo hacia ella con el rostro desencajado.
—¡Olvidaste el cumpleaños de Connor! —exclamó, casi fuera de sí—. Está destrozado, lleva toda la tarde esperándote.
Sídney se quedó inmóvil unos segundos.
El cansancio del día la pesaba como una losa. Cerró los ojos, exhaló un suspiro largo. Lo había olvidado.
—Demonios… —murmuró con un tono de derrota—. No puede ser que se me haya pasado.
Bajó las escale