Sídney estaba llegando al hospital cuando una sensación amarga se instaló en su pecho. No podía evitarlo: la decepción la atravesaba como una sombra.
Se preguntó, mientras observaba las luces del edificio, parpadear a través del parabrisas, por qué Glory actuaba de aquella forma.
¿Por qué tanta frialdad, tanta hostilidad sin sentido?
Pero en el fondo, Sídney ya lo sabía. Lo comprendió en un destello silencioso, como quien descifra un secreto que siempre estuvo a la vista.
Glory actuaba así por Connor. Por su amor hacia él. Por los celos que la estaban consumiendo. Era su manera torpe, cruel, de defender algo que sentía perder.
El ascensor del hospital se abrió con un suave “ding” y Sídney caminó con paso firme por el pasillo. El eco de sus tacones resonaba entre las paredes blancas.
Al llegar a la recepción, una enfermera se acercó con una sonrisa profesional, pero cálida.
—Señora Shepard —dijo—, su hijo Liam ha sido dado de alta.
Las palabras le iluminaron el rostro.
Una oleada de ali