—¡Liam, detente! —exclamó Amara con la voz quebrada, casi suplicante.
El sonido retumbó en el pasillo blanco del hospital. Todos se quedaron congelados por un segundo que pareció eterno.
Ronald, que aún estaba temblando por el golpe, aprovechó ese instante de caos para retroceder tambaleándose hacia la salida. No miró atrás. No se detuvo.
Simplemente, huyó como un cobarde, asustado de la violencia de Liam.
Amara quedó ahí, con el corazón encogido. Bajó la mirada hacia la mano de Liam: estaba hinchada, rojiza, marcada por el impacto. Y sintió algo arderle en el pecho, una mezcla amarga de culpa, tristeza y confusión.
—No debiste hacerlo —susurró ella, apenas audible—. No vuelvas a defenderme… No lo merezco.
Liam la observó en silencio. No había rabia en su mirada, ni culpa. Solo esa intensidad que siempre había tenido, esa forma de mirarla que la hacía sentir desnuda de emociones, esa mirada que la desarmaba.
«¿Por qué cambiaste tanto, Amara?», pensó él con un dolor profundo.
«¿Cómo voy