—¡Liam, detente! —exclamó Amara con la voz quebrada, casi suplicante.
El sonido retumbó en el pasillo blanco del hospital. Todos se quedaron congelados por un segundo que pareció eterno.
Ronald, que aún estaba temblando por el golpe, aprovechó ese instante de caos para retroceder tambaleándose hacia la salida. No miró atrás. No se detuvo.
Simplemente, huyó como un cobarde, asustado de la violencia de Liam.
Amara quedó ahí, con el corazón encogido. Bajó la mirada hacia la mano de Liam: estaba hin