—¡¿Qué están haciendo?!
La voz de Liam irrumpió como un trueno. Las mujeres retrocedieron al instante, como si una fuerza invisible las hubiera empujado.
La furia en sus ojos no dejaba dudas: había visto suficiente.
Amara estaba arrodillada frente a la chimenea, el rostro enrojecido, lleno de rasguños, tierra, hollín y pequeñas líneas de sangre que resbalaban por su mejilla. Apenas podía levantarse. Sus manos temblaban. Su respiración era errática. Jamás se había sentido tan humillada.
Cuando Liam dio un paso hacia ella, Amara logró ponerse de pie como pudo.
Lo miró, con dolor… un dolor tan hondo que sus ojos parecían apagados.
—¿Por eso me hiciste venir, Liam? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Para humillarme? ¿Para qué ellas me golpearán? ¿Para burlarte de mí? Esto… esto era lo que querías, ¿verdad?
Liam frunció el ceño.
Pero ella no lo dejó hablar.
—Ya me humillaste —dijo con un hilo de voz—. Ya fue suficiente.
Y sin mirar atrás, salió de ahí tambaleándose, con las mejillas mojadas d