—¡¿Qué están haciendo?!
La voz de Liam irrumpió como un trueno. Las mujeres retrocedieron al instante, como si una fuerza invisible las hubiera empujado.
La furia en sus ojos no dejaba dudas: había visto suficiente.
Amara estaba arrodillada frente a la chimenea, el rostro enrojecido, lleno de rasguños, tierra, hollín y pequeñas líneas de sangre que resbalaban por su mejilla. Apenas podía levantarse. Sus manos temblaban. Su respiración era errática. Jamás se había sentido tan humillada.
Cuando Li