Al día siguiente.
Amara llegó temprano al edificio gris del Palacio de Justicia. El aire estaba frío, pero a ella la envolvía una energía distinta: una mezcla de nervios, alivio y una satisfacción silenciosa que llevaba días conteniéndose. La primera audiencia de divorcio sería decisiva, y lo sabía. Respiró hondo, ajustó el blazer color crema que había elegido para la ocasión y caminó con paso firme hacia la sala. Hoy, por fin, se cerraría un capítulo que la había consumido durante años.
Su abogado, un hombre de mirada astuta y modales impecables, ya la esperaba. Él había juntado cada prueba, cada fotografía, cada registro de los mensajes entre Ronald y su “mejor amiga”. Amara no tenía suficiente estómago para revivir toda esa traición, pero sabía que era necesario. Cuando el juez entró, todos se pusieron de pie. El ambiente se tensó de inmediato.
Ronald Rezza, sentado al otro extremo, tenía el rostro crispado. Intentaba fingir control, pero la ira lo traicionaba en cada microexpresión