Amara sintió que el aire del despacho se volvía espeso, casi irrespirable. Había sostenido el llanto con todas sus fuerzas, pero al escuchar esas últimas palabras de Liam —esa duda hiriente, esa sombra que él dejaba caer una y otra vez sobre su hijo— algo dentro de ella simplemente se rompió. Su voz tembló, pero aun así salió firme, cargada de una mezcla peligrosa de dolor, dignidad y amor.
—¡Este hijo es tuyo! —exclamó, con la mirada empañada y el corazón latiendo con furia—. Puedes hacer todas las pruebas de ADN que quieras, todas, Liam… y las vas a hacer si eso te da tranquilidad. Pero te adelanto algo: te van a confirmar lo que yo ya sé. Es tu hijo. Nuestro hijo. Y yo no tengo ninguna duda de eso.
Liam se quedó helado. No supo si retroceder o acercarse. Por primera vez en mucho tiempo, la culpa le pesó más que el rencor. Fue un peso real, en el pecho, en la garganta, que le impidió decir cualquier cosa. Solo pudo llevarse una mano al rostro, como si quisiera ocultarse del mundo, o