Amara llevó ambas manos a su vientre con una ternura casi dolorosa. Sus dedos temblaban un poco, como si el simple contacto con la vida que crecía dentro de ella le diera fuerzas, pero, al mismo tiempo, la quebrará. Cerró los ojos y respiró hondo.
—No te preocupes, hijito… —susurró con la voz ronca, acariciando el abultado vientre con movimientos lentos—. Yo voy a cuidarte. Seré una buena madre, te lo prometo. Nunca te dejaré lejos de tu papá… al menos que él no quiera tenernos cerca. Pero tú no vas a estar solo. Yo te amaré y te protegeré siempre, cariño. Tú… tú serás mi mundo. Me dedicaré a hacerte feliz.
Dijo estas palabras sintiendo cómo algo se rompía dentro de ella y, aun así, se obligó a mantenerse firme. Se levantó con esfuerzo, respirando hondo mientras acomodaba su camisón. Caminó hacia el pequeño escritorio en la esquina de la habitación, donde su impresora seguía encendida desde la noche anterior. Ahí estaban los papeles que había decidido imprimir mientras él dormía.
Los t