Amara llevó ambas manos a su vientre con una ternura casi dolorosa. Sus dedos temblaban un poco, como si el simple contacto con la vida que crecía dentro de ella le diera fuerzas, pero, al mismo tiempo, la quebrará. Cerró los ojos y respiró hondo.
—No te preocupes, hijito… —susurró con la voz ronca, acariciando el abultado vientre con movimientos lentos—. Yo voy a cuidarte. Seré una buena madre, te lo prometo. Nunca te dejaré lejos de tu papá… al menos que él no quiera tenernos cerca. Pero tú no