Un mes después, el aire parecía cargado de una energía distinta. La familia entera había estado ocupada preparando cada detalle, porque por fin había llegado el día de la boda de Stelle y Andrew, un evento que, aunque hermoso, arrastraba un torbellino de emociones ocultas bajo su superficie impecable.
Aquella mañana, Sídney estaba en la habitación principal ayudando a su hija a acomodar los últimos pliegues del vestido.
Era un diseño delicado, de un blanco perlado que hacía ver a Stelle como una princesa salida de un cuento. Pero, aunque sonreía, el corazón de Sídney latía con cierta inquietud.
El matrimonio había sido apresurado… demasiado apresurado. Sin embargo, cuando veía a Stelle suspirar enamorada, cuando observaba el brillo casi infantil en sus ojos azules, su temor se suavizaba.
Si ella era feliz, entonces estaba bien. A fin de cuentas, las madres siempre cargan el doble: el amor y el miedo.
Cuando Stelle terminó de arreglarse, tomó aire con emoción contenida y abrió la puert