La tarde había comenzado tranquila, envuelta en el aroma suave del guiso que Amara preparaba con dedicación. La cocina estaba iluminada por un rayo de sol tibio que entraba por la ventana, dándole un aire cálido, casi doméstico, casi perfecto… hasta que la puerta se abrió de golpe.
Liam entró como una tormenta.
No dijo su nombre, no la llamó con dulzura como solía hacerlo. Solo caminó directo hacia ella. Amara, sorprendida, dejó caer la cuchara de madera sobre la encimera.
El corazón se le encog