La tarde había comenzado tranquila, envuelta en el aroma suave del guiso que Amara preparaba con dedicación. La cocina estaba iluminada por un rayo de sol tibio que entraba por la ventana, dándole un aire cálido, casi doméstico, casi perfecto… hasta que la puerta se abrió de golpe.
Liam entró como una tormenta.
No dijo su nombre, no la llamó con dulzura como solía hacerlo. Solo caminó directo hacia ella. Amara, sorprendida, dejó caer la cuchara de madera sobre la encimera.
El corazón se le encogió cuando sintió la mano de Liam sujetar la suya con fuerza, casi con desesperación. Ella levantó la mirada y vio el rostro de él, tenso, furioso, herido… irreconocible.
Entonces él levantó la mano que tenía libre y le mostró algo.
Una fotografía.
—¿Qué significa esto, Amara? —preguntó con un tono que no había escuchado jamás. No era enojo… era devastación.
Amara sintió que el alma se le deshacía. Miró la imagen apenas un segundo, pero fue suficiente para que sus manos temblaran. Su garganta ard