Liam ya no estaba borracho. Toda la embriaguez que lo había dominado hacía apenas un rato se esfumó de golpe, como si se hubiera evaporado junto con el aliento salado del mar. El miedo lo reemplazó por completo al ver a Amara desvanecida entre sus brazos. Sentía cómo el corazón se le comprimía con brusquedad, casi hasta dolerle.
La cargó sin perder tiempo. Sus pasos eran torpes por la arena húmeda, pero la sujetaba con fuerza, como si temiera que el viento pudiera arrebatársela. Llegó hasta el pequeño hospital de la bahía, un edificio antiguo, iluminado apenas por unas luces blancas que parecían parpadear.
Apenas cruzó la puerta, una enfermera se acercó.
—¡Ayúdenla! —rogó Liam con voz ronca.
La mujer lo miró, asustada por su expresión desesperada, y llamó a un médico de inmediato.
Lo separaron de Amara enseguida. A Liam lo dejaron afuera, sin más opción que esperar, impotente, con el alma hecha un nudo.
***
Casi media hora después —treinta minutos que se sintieron como un castigo, com