Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Dante
No fui al antro de Miguel Reyes buscando nada, tenía un propósito claro: cobrar una deuda de tres años y dejarle claro que la paciencia de los Moretti no era infinita. Eso era todo a lo que iba… Entonces ella subió al escenario y me quedé quieto en mi sitio. No la miré por gusto. La miré porque algo en mi cuerpo decidió antes que mi cabeza, y cuando me di cuenta ya llevaba veinte minutos con los ojos clavados en una bailarina que no me miraba a mí sino a un punto fijo en el aire, como si el escenario fuera el único lugar del mundo donde podía respirar, donde ella era fuego puro y el oxígeno el alimento de ese fuego interno que me consumía. Lo apagué. Soy bueno apagando cosas. Miguel sudaba cuando entró a la oficina. Ese tipo de sudor que viene del miedo, no del calor. Bien, vamos bien. El miedo era útil cuando las personas entendían exactamente quién tenía el poder en la habitación. —Tu deuda con la mafia florentina es inmensa, casi impagable ¿lo sabes no es así? —Lo sé, solo deme más…. —Sh —lo interrumpí—. No quiero excusas, en lo que a mí respecta, este bar será cenizas para mañana y tú, solo un cuerpo más en la morgue. Se estremeció, una simple amenaza y está sudando frío. Idiota. —Oh… me llevo un pago que asegure que tus tratos con nosotros mejoraran en un futuro. —Qué… ¿qué pago? —Quiero a la chica que sigue en el escenario, mi gente dice que es tu sobrina. La quiero. —¿Quiere que le baile? —pregunta confundido. Si que es idiota. —No —¿o sí? pienso mentalmente—. Dije, me llevo un pago… Por la expresión de su rostro creo que comienza a comprender, pero que carajos… ¿por qué ha sonreído? Como si la idea le pareciera buena. M****a. —El señor Ramos ha ofrecido dejarme gratis este establecimiento a cambio de mi sobrina. Usted no sabe de lo que uno es capaz de hacer por tener ese cuerpecito… La forma morbosa en que lo dijo me dio escalofríos. ¿Qué ha logrado hacerle a la joven?, Además, estaba el hecho de que escucharlo hablar de uno de mis tantos enemigos solo hace que me enfurezca más. —¿El ped0fil0 de Ramos? —lo tomo del cuello y lo estampo en la pared, el hombre apenas y puede reaccionar—. ¿Piensas que pagar esa deuda es más importante que pagarme a mí? —No… no, yo… —Mira, maldito imbécil. Estoy harto de tus pendejadas, yo no voy a tolerar un pago más atrasado. O mueves la mercancía, o te doy un boleto directo a las puertas del infierno —le encañono el arma en la sien y quito el seguro de mi beretta, amenazándolo como sé hacerlo. —No, no, yo haré lo que usted diga —chilla en un hilo de voz y entonces lo suelto. No puedo siquiera pensar en que considere entregar a su sobrina a un hombre tan maldito como Ramos. Le expliqué las condiciones. Él aceptó antes de que yo terminara la oración. Después salió y al cabo de unos minutos entró con ella.






