Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Dante
Entró a la mansión con una maleta y los hombros echados para atrás, sin llorar, y sin pedirme nada. Lo anoté mentalmente, es claro que está acostumbrada a la soledad, a valerse por si misma. Eso es más que claro. La dejé instalarse. Rosa, mi ama de llaves le dio las instrucciones sobre el cuarto y me fui a mi despacho. Tenía tres llamadas pendientes, dos reportes de Marcos y un problema en Nápoles que necesitaba solución antes del mediodía. Me senté y abrí el primer reporte. No avancé ni una página, no podía dejar de pensar en los acontecimientos de las últimas horas. Iba despuesto a desaparecer a Miguel o traerme algo de valor que cubriera parte de su deuda, no una esposa. O futura esposa…. Aun no sé cómo llamar esto. Luego de perder el tiempo en pensamientos idiotas, me pongo a lo mío, no logro avanzar mucho. Así que la mandé llamar a las diez de la mañana. Rosa la trajo al despacho. Valentina entró mirando todo sin que pareciera que miraba todo de una manera muy peculiar de registrar el espacio sin mover la cabeza, cosa que ya había notado en el avión. Puede parecer inteligente, o asustada. Aunque a veces eran lo mismo. —Siéntate —dije apenas mirándola. Se sentó en el borde de la silla, con la espalda recta, y las manos sobre las rodillas. —Vamos a hablar de las condiciones —dije analizando cada gesto, parecía asustada, pero trataba de ocultarlo. —Bien —respondió sin titubear. Sin preguntas previas y sin parecer nerviosa. Me miró a los ojos como si llevara la cuenta de cuánto tiempo aguantaba la mirada, como si fuera un juego que pensaba ganar. No iba a ganar ese juego de miradas, pero me gustó que lo intentara. Le expliqué lo básico. La mansión, el personal, las zonas donde podía moverse sin restricción. Escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminé, dijo: —¿Cuándo nos casamos? —Cuando yo lo decida. Algo cruzó su cara. Rápido. Lo guardó antes de que pudiera leerlo bien. —¿Y mientras tanto? —Mientras tanto eres mi mujer. Silencio. Vi el momento exacto en que lo procesó. La forma en que sus hombros se tensaron un milímetro, la forma en que sus manos se apretaron sobre las rodillas antes de soltarse. —Ah —dijo. Una sola sílaba que cargaba todo lo que no estaba diciendo. Me recargué en el respaldo. —¿Qué significa ese "ah"? —Significa que entiendo —dijo—. Que para eso me trajiste. Lo dijo sin acusación. Plano, como si estuviera confirmando un dato. Me quedé quieto unos segundos. Después solté el lapicero sobre el escritorio. —¿Crees que soy como Ramos? No respondió de inmediato. Eso me dijo más que cualquier respuesta. Me puse de pie. —Escúchame bien. —Me acerqué al escritorio, sin rodearlo, solo lo suficiente para que el espacio entre nosotros cambiara—. No voy a tomar a nadie que no quiera estar conmigo. No funciono así. —Eres un mafioso —dijo. —Sí. —Los mafiosos no tienen ese tipo de principios. —Yo tengo los que decido tener. Me miró. Esta vez sin contar segundos, sin medir. Solo mirando, como si estuviera buscando algo específico en mi cara. No sé si lo encontró. —¿Entonces para qué me quieres aquí? —dijo—. Si no es para eso. Era una pregunta honesta. Se la merecía una respuesta honesta. —Necesito una esposa que aparezca conmigo en ciertos contextos. Alguien que viva aquí, que lleve el apellido, que no haga preguntas que no debe hacer. —¿Y a cambio? —Tendrás mi protección, de Ramos, o de cualquier otro. —¿Eso es todo? —preguntó ella. —Por ahora. Se formó un silencio denso en el despacho, de esos que se pueden cortar con el filo de un papel. Valentina no se movió, pero noté cómo asimilaba el peso de mis palabras. Ella esperaba el golpe directo, la demanda explícita que todo hombre de nuestro mundo exigiría al cobrar una deuda de sangre. Al no encontrarla, sus ojos se entrecerraron, buscando la trampa. —Entonces pongamos las cartas sobre la mesa, Moretti —dijo, dando un paso al frente que acortó la distancia segura entre nosotros—. Si voy a ser tu mujer ante el mundo, necesito saber cuáles son las reglas del juego. No me gusta caminar a ciegas en un campo minado. Me apoyé contra el borde del escritorio, cruzando los brazos. Su audacia me resultaba casi entretenida.






